La construcción de la torre López-Callejas en El Vedado, La Habana (FOTO Diario de Cuba)
La construcción de la torre López-Callejas en El Vedado, La Habana (FOTO Diario de Cuba)

¿qué serías en el antes,
la madre, la concertista, la prostituta,
la que tenía el tedio, la alienada, la del amor platónico,
la asexual, la torpe, la que no tuvo continuación?
Lina de Feria, “Mujer que habla sola en un parque de Calzada”

La reiterada visión apocalíptica de la mujer que habla sola en un parque del Vedado —“donde Poseidón, el de las guedejas petrificadas, ya que no el de tanto “crespo mal lavado”, contemplaba hasta hace poco el transcurrir del siglo XX habanero— aparece casi desde los inicios de la novela de Mirta Yáñez, Sangra por la herida, texto engarzado por un denso contrapunteo de voces que responden a diversas experiencias.

Post Scriptum 1: En 2010, cuando se escribió esta presentación, las visiones apocalípticas de la mujer que habla sola en el parque parecían responder a un pasado, cercano, pero ya transcurrido. Eran expresiones de una angustia compartida que iba quedando atrás. Hoy, doce años después, cobran una sobrecogedora actualidad. Cito solamente tres de las muchas figuraciones pavorosas del personaje: “La alcantarilla de la calle explotó y salió una nata negra que lo inundó todo. Y entonces hasta los edificios más altos quedaron sumergidos bajo los excrementos. Y La Habana se muere…”;[1] “Las calles se llenaron de quistes y fístulas. Y entonces los huecos se hicieron tan profundos que las guaguas se caían por ellos al fuego del centro de la tierra. Y La Habana se muere…”;[2] “Millones de comejenes salieron volando por la ciudad, ocuparon sus posiciones, establecieron reinados y colonias. Y entonces se dieron a comer cuanta madera encontraron. Y La Habana se muere…”.[3]

Muy variadas son las edades, contextos y peripecias puestos en juego a través de la multiplicidad de personajes: pequeñas ventanas abiertas a mundos diferentes, pero que confluyen en algunas coordenadas esenciales. La principal se desarrolla bajo la égida del símbolo femenino más recurrente y universal, encarnado en La Pelona, aquella que llega a esta novela, no a imponer los reclamos del carpe diem, ni a desatar ubisúnticas nostalgias, sino a pedir respuesta a las difíciles interrogantes de Sandor Marai citadas al comienzo por la autora:

Al final, al final de todo, uno responde a todas las preguntas con los hechos de su vida: a las preguntas que el mundo le ha hecho una y otra vez. Las preguntas son éstas: ¿Quién eres?… ¿Qué has querido de verdad?… ¿Qué has sabido de verdad?… ¿Con qué y con quién te has comportado con valentía o con cobardía?… Estas son las preguntas.[4]

La muerte, presencia rectora de Sangra por la herida, muestra su rostro de los más disímiles modos: mueren los pollos entregados a la población para paliar el hambre, mueren los gatos, gimen los perros en la alta madrugada de apagones, agonizan las enfermas de cáncer terminal, mientras los miembros dispersos de “La Descuartizada de Alamar” van apareciendo poco a poco en distintos sitios de la Habana del Este, y la sombra de La Difunta suicida continúa danzando —desde la sutil acrobacia de su vuelo mortal—, sobre una ciudad que también se está muriendo.

Dedicada “A los amigos que dejaron de pintar, de tocar el piano, de hacer teatro, de escribir un poema, de soñar sus sueños, por las razones que fuesen”, esta novela de Mirta Yáñez constituye una dolorosa recuperación de la memoria, implacable y valerosa revisión de los hechos del pasado a través de una mirada que no teme poner el dedo sobre la llaga, ni hurgar en las heridas del corazón. El examen de conciencia realizado por el personaje de Gertrudis, cuyos recuerdos no tienen un Cancerbero, ni desembocan en el hueco negro de la anciana desquiciada, parte de la siguiente reflexión:

A veces los muertos preguntan ¿qué fue de nosotros?, ¿nadie se acuerda?, ¿quién va a hacer la historia? Basta apenas un poco de olvido para que los muertos y las muertas acudan impacientes a pasar la cuenta.[5]

La visión infernal y bárbara de uno de los ejes espaciales de Sangra por la herida se sitúa en el levante de la capital, donde las hordas bailadoras y vocingleras parecen haber tomado el mando —lo marginal convertido en mainstream—, adueñándose de los espacios públicos. Una vocación, diríamos, costumbrista o apegada al color local (si utilizásemos los términos de la doctora Yáñez en su ensayo El matadero: un modelo para desarmar, 2005), puede apreciarse tanto en la voz de los narradores como de los personajes de su novela. Sin embargo, sería más exacto hacer referencia a su profundo apego a lo popular, que no hay que ser muy sagaz para advertir en títulos como Todos los negros tomamos café, El diablo son las cosas, Una memoria de elefante, Del azafrán al lirio o La hora de los mameyes. Por descontado, la barbarie citadina —representada por antonomasia en algunas de las tribus que habitan la enorme ciudadela del este de la capital— poco tiene que ver con lo genuinamente popular y la confluencia de diversas tradiciones, de lo cual sí serán exponentes en la novela personajes como Yuya —agraciada devota de Sanfancón a través del Chino de la Charada—, quien, en una muestra de la más rancia vecinería criolla, es la que asiste a Lola, la anciana solitaria.

Ese apego a lo popular, sazonado con la cotidiana práctica de un choteo insular ingeniosamente matizado por el toque irónico, era rasgo caracterizador de aquella joven y delirante profesora de la Escuela de Letras que, respondiendo a las claves ocultas que tanta acumulación de desgracias había codificado entre nosotras, dio la respuesta esperada por mí cuando le comuniqué la muerte de mi abuela: una estentórea carcajada que provocó el estupor casi indignado del claustro departamental, ajeno a nuestros macabros códigos, puro mecanismo de defensa ante la adversidad. No se trataba, por supuesto, de una burla por la suerte de mi abuela, sino del humor para enfrentar el mal destino que depositaba sobre nosotras tantas tribulaciones a la vez.

“La literatura está llena de espejos”, afirma el narrador de uno de los breves relatos de Falsos documentos, cuando Ludovicus Borg y Adolfina Casares se dan a la tarea de reproducir la estirpe abominable del refractario cristal. En Sangra por la herida aparecerán, con frecuencia, algunas variantes del espejo literario. El denominado tema del doble, por ejemplo, marcará la relación de Herminia y Tristán, los homónimos ibeyis que ponen en jaque las identidades tradicionales, y en arriesgados camuflajes, transgreden los límites genéricos.

Como en un espejo deteriorado por el tiempo, del que la pátina de azogue se ha ido desprendiendo para mostrar agujeros, ya no negros, sino transparentemente vacíos, se desarrollan las escenas del entierro del cadáver de La Difunta y el de la exhumación, años después, de los restos de Tomás. Los dos rituales, a pesar del tiempo transcurrido y del diferente signo que presentan —inhumación y exhumación de mortales despojos— confluyen en la soledad, y en ambos un amigo cercano quedará excluido de la ceremonia, mudo testigo del abandono que acompaña a estos muertos suicidas.

Post Scriptum 2: Quisiera añadir que la soledad de ambos personajes suicidas está marcada por la exclusión y la muerte civil a la que fueron condenados injustamente. Palabras y frases, como “enfermitos”, “peludos”, “antisociales”, “blandengues”, “extranjerizantes”, “conflictivos”, “intelectualoides”, “vagos”, “individualistas”, “asambleas de depuración”, “listas negras”, “desviacionismo ideológico” y otras, pasaron a formar parte del vocabulario cotidiano represor desde fines de la década del sesenta hasta algunos años después. El lenguaje, es sabido, cambia en cada época, pero la esencia de exclusión e intolerancia utilizada para descalificar a quienes tienen una opinión diferente a la oficialmente establecida se ha conservado casi intacta. Digamos: “centristas”, “disidentes”, “mercenarios”.

También como una duplicación es narrado el momento estremecedor en que Lola –no la que muriendo pidió ver al hombre que le había quitado la vida, sino la anciana que continúa aún, como la novela toda, sangrando por las heridas abiertas años atrás–, luego de una larga caminata por el Vedado, donde los paisajes de la memoria se superponen a las ruinas del presente –paseo dominical tornado expiatoria peregrinación–, se encuentra con la mujer que habla sola en el parque de El Carmelo, réplica de aquella del conocido poema de los sesenta, convertida por Mirta Yáñez en personaje de ficción, y halla en sus ojos el reflejo de su propia mirada. En esta escena lo especular parece diluirse para dar paso a una cortazariana figura cuando el recuerdo de La Difunta complete la desgarrada tríada femenina que finalmente desencadena el reconocimiento de la culpa, abismada anagnórisis que conduce al arrepentimiento.

Mirta Yáñez
Mirta Yáñez

Si me fuera dado dialogar con un personaje de ficción atravesando la raya del Tío Félix que ilusoriamente separa la vida de la muerte, lo testimonial de la fantasía —“lindero entre realidad y sueños”—, me gustaría decirle a Gertrudis, ese personaje muy cercano al espíritu de Todas las negras tomamos café, que a pesar de los fluidos que junto con los leones desatados del Prado, los comejenes, las auras tiñosas, y el remeneo y empuja empuja de los edificios, que amenazan la ciudad, las memorias dolorosamente evocadas por ella no se han borrado. Por el contrario, hallan expresión en un ejercicio de saneamiento escritural, necesario exorcismo —limpieza que se lleva lo malo, trovadoresco rabo de nube, huracán carpenteriano— que ahuyente los temores lapidarios que aún puedan acechar.

Post Scriptum 3: Releyendo este párrafo no puedo dejar de pensar que el empuja empuja de los edificios tendría ahora características diferentes a las imaginadas por la loca del parque. Junto al lamento de las casas (“Las casonas se pusieron a gemir y a quejarse, lloraron y lloraron de abandono hasta que se cansaron. Y entonces comenzaron a crujir y a quebrarse, y terminaron por quedar convertidas en polvo y ceniza…”) se levantan silenciosamente mas sin tregua —casi en un santiamén, como una nueva plaga que azotara la ciudad— los fastuosos monumentos de la industria del ocio, que en su boato y vanidad no alcanzan a oír los gemidos de los decrépitos caserones. ¿Caerían también en ese dale que dale vislumbrado por la desquiciada las presuntuosas torres de lujo, que desde su marmórea, espejeante y enceguecedora altura ignoran cómo su presencia violenta impunemente la belleza y las normas del paisaje citadino en un desafiante desdén que abarca también la pobreza y las desigualdades sociales? (Cfr. Emilio García Pantoja: De la plantación al resort. El Caribe en el siglo XXI, Barcelona-San Juan, Alba Sud Editorial-Universidad de Puerto Rico, 2022).

Cuánta ingenuidad o ilusa esperanza había en esa mirada mía de hace más de una década. Es cierto que hacía poco se habían publicado, entre otros textos, dos libros que revisitaban el pasado: Graziella Pogolotti: Polémicas culturales de los 60, Editorial Letras Cubanas, 2007; y Desiderio Navarro: La política cultural del período revolucionario: memoria y reflexión, Centro Teórico-cultural Criterios, 2008. Este último recoge las intervenciones de algunos intelectuales convocados por el Centro Criterios a raíz de la llamada “guerrita de los e-mails” de enero de 2007. En su esclarecedora cronología de los hechos, Navarro mencionaba la posible presencia de una “derecha pragmática” en la que “se mezclan las oportunidades del mercado con la preferencia oficial por actitudes de obediencia y silencio”. En términos de las respuestas individuales afirmaba:

“Si me dejan ganar dinero en paz, me quedo callado o aplaudo sin reservas”, parecería ser un lema frecuente en estos días, alimentado por la difusión de que disfrutan esos que siempre asienten y el usual ninguneo para quienes, desde la izquierda y la revolución, prefieren pensar (y con frecuencia, discrepar).

Desde entonces hasta ahora son muchos los acontecimientos que han puesto en evidencia que aquellos temores no eran infundados. En 2018 apareció el polémico Decreto 349, ampliamente rechazado por escritores y artistas; el 27 de noviembre de 2020 tuvo lugar la protesta frente al Ministerio de Cultura pidiendo un diálogo que fue clausurado. Como uno de los más terribles fantasmas resucitados del pasado regresaron los actos de repudio y poco después estallaron las manifestaciones del 11 de julio de 2021, seguidas de una implacable ola represiva que impuso sanciones desmesuradas que entran en contradicción con los derechos de los ciudadanos proclamados en la Carta Magna y con el ejercicio de la democracia. Ha sido una ininterrumpida escalada represiva que me hace recordar lo avizorado por Desiderio Navarro en 2008 sobre el “repliegue y enmascaramiento tácticos de los que esperan el Momento de reagruparse y tomar el control total”.

No sería posible, entonces, hablar hoy, de “un necesario exorcismo […] que ahuyente los temores lapidarios que aún puedan acechar” pues esos temores, como una pesadilla convertida en realidad, ya llegaron: están aquí formando parte de una cotidianeidad que hubiera parecido increíble algunos años atrás. Así, he pasado del asombro al estupor, del estupor al espanto, viendo cómo se desmoronan sueños y utopías para ceder paso a un pavoroso y creciente sentimiento de engaño y desilusión.

Con una fecunda obra literaria que ha transitado por diversos géneros, y obtenido, entre otros reconocimientos, tres Premios Nacionales de la Crítica Literaria,

Post Scriptum 4: Son ahora cuatro los Premios de la Crítica, incluido el de esta novela (aunque su reimpresión haya demorado tantos años), también premiada por la Academia Cubana de la Lengua. La autora recibió, además, el Premio Nacional de Literatura en 2018.

Mirta Yáñez, empeño de escritura defendido a capa y espada, da fe, con esta novela, de una sostenida vocación que comenzara a expresarse públicamente muchos años atrás en un pequeño libro de poemas editado por la Imprenta Universitaria. Como escribiera entonces José Antonio Portuondo:

Cuando Mirta Yáñez escribió Las visitas era una nerviosa, sensible estudiante de Letras Hispánicas, que acababa de hacer el peregrinaje de La Habana Vieja con sus compañeros de la asignatura de Historia del Arte. […] La ciudad, para todos fue un muestrario, vitrina de museo puesta al examen de un grupo de estudiantes que aprendían a mirar, y a ver, con ojos críticos su ciudad. Para Mirta fue, además, el hallazgo de una vida profunda, latente entre las piedras y los cristales, […] tendida del ayer hasta el mañana, anticipando recuerdos futuros.[6]

Esos futuros recuerdos se tienden ahora, en Sangra por la herida, en un arco dirigido del hoy al ayer a través de una mirada que aprendió, desde entonces, a mirar y ver críticamente la ciudad amada, pero también vislumbran un camino que hay que transitar limpio de abrojos.

Post Scriptum 6: Ese camino vislumbrado “limpio de abrojos” aparece hoy como una tupida maleza donde abundan la impunidad, las omisiones, la corrupción, la mediocridad, el empecinamiento, la incompetencia, la pérdida de valores, la mentira, el aferramiento a toda costa al control absoluto. Desde el presente sombrío al que hemos llegado, veo con enorme tristeza cómo a las lesiones aún sangrantes del pasado se van sumando heridas más graves y profundas.


* Puesta al día del texto de presentación “Sangrando por la herida”, publicado por La Jiribilla en 2011 a propósito del libro Sangra por la herida, de Mirta Yáñez (2010). Leído en la UNEAC, el 16 de febrero de 2023 en la presentación de la reimpresión de la novela en el marco de la Feria Internacional del Libro 2023.

Notas:

[1] Mirta Yáñez: Sangra por la herida, Ediciones UNIÓN y Ed. Letras Cubanas, La Habana, 2010, p. 22.

[2] Ibídem, p. 67.

[3] Ibídem, p. 140.

[4] Ibídem, p. s/n.

[5]Ibídem, p. 9.

[6] Mirta Yáñez: Las visitas. La Habana, Comisión de Extensión Universitaria, Imprenta Universitaria, 1971, p. 7.

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2 comentarios

  1. Tras la lectura me imaginé a Magie, Mirta y Lina sentadas en el parque de Calzada y D, mirando a la loca del poema o al personaje de El acoso… Que las ruinas no las alcancen a ellas…

  2. Celebro esta crítica de la Doctora Margarita Mateo, quien fue una de mis profesoras, alguna vez, cuando ella, con su atractivo rostro, reflejaba una silenciosa belleza, y su voz y conocimientos inspiraban mis ansias literarias. Y todo aquel tiempo me hacía soñar que algún día escribiría una crónica larga y paródica (que al fin ya publiqué y dediqué) a mi admirado George Orwell. Asimismo, celebro con pasión la novela «Sangra por la herida» de la Doctora Mirta Yáñez, otra de mis más recordadas profesoras, a quien doy un abrazo así de grande, porque con esta historia estoy seguro de que me hará sentir la realidad más honda de las ruinas humanas y materiales que todavía persisten en esa ciudad de miserable magia y en esa isla perdida en el tiempo.

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