Si me preguntara ahora por qué la obra poética de José Kozer termino siendo central en los últimos proyectos curatoriales que organicé un Cuba, central incluso para los proyectos que esperemos sobrevivan más allá de la propia estancia en la islita, la respuesta no podría ser más que mera circunstancia. Las circunstancias que parecen y son tan triviales, aunque sin embargo puedan cambiarte la vida. Escuchar una discusión sobre merecidos e inmerecidos premios poéticos, abrir un libro por casualidad y encontrar su nombre, ser testigo del camino que otros transitan hasta llegar al sagrado terreno del intercambio epistolar con JK. Asomándome a una ínfima parte de su escritura, y entendiendo apenas, deseando entender más que nada, por qué esas imágenes llenas de vida miserable me golpean como una aparición. Y como es tan difícil encontrar algo que inspire fervor sin deseos de quitarte la vida, la obra de JK, fundamentalmente su colección de poemas Ánima, se convirtió en un antídoto contra la desidia, o al menos por un tiempo creímos que lo fue. Respuesta funcional para algunos, desechable para otros, nunca le pedimos a nadie que se uniera a nuestras exposiciones después de haber proclamado devoción perpetua al poeta. Aunque aquellas entrevistas que nos pasábamos en formato digital y que luego salieron impresas bajo el título Ave atque vale (Ediciones Orto 2016), parecían el rito iniciático de la secta secreta de adoradores de JK.

Buscábamos inspiración quizás, o más bien el deseo de participar de un proceso de transformación alquímica de la materia. Y para artistas visuales y curadores, la materia es siempre palpable, concreta, finita. Lo matérico, podríamos decir, está sujeto a la más detallada descripción morfológica, a la determinación de estilo, técnica y posible significación cultural o política. Sin embargo, proponerse transformar la materia visual a través de la poesía es poco menos que un sinsentido. Escudriñar la realidad de la isla a través de los lentes de la poesía de JK parecía el último recurso posible, la última cruzada antes de desistir de todo y todos. No obstante, esa fue la exposición más inmaterial que he curado en toda mi vida. Apenas una o dos obras terminadas, la mayor parte proyectos, casi ninguna foto que mostrar (la única foto que recuerdo es una que me tomó Juan Pablo Estrada, vestido a rayas y recostada a la pared con el título Ánima inscrito).

En aquel momento teníamos la ambición desmedida de crear un espacio vivo a través del arte, no una exposición regular de arte contemporáneo sino la posibilidad de participar de un tiempo y espacio otro. A esa reconfiguración del tiempo ordinario en tiempo de salvación le llamamos la producción de un dispositivo artístico generado sobre la base de las ideas clave: Recurrencia-Circularidad-Retorno-Purgatorio-Isla. Volver una y otra vez al mismo punto de partida hasta que por fuerza de la repetición o la demencia empecemos a ver algo distinto. A veces creo que ese proceso de dulcificación que caracteriza el tono de los poemas que JK describe en el prólogo de Ánima lo entendimos nosotros no como el súbito encuentro con la verdad última, sino como la manifestación gastada de algún proverbio que escuchado mucho tiempo atrás ahora cobrara sentido. Si se quiere, la repetición como premisa fundamental de la plegaria que transforma el destrozo cotidiano, lo reviste de algún sentido. Demasiados deseos y ambiciones juntas, por estas y otras razones la exposición fue un fracaso. Sin embargo, Ánima como proyecto se ha convertido en algo más que una exposición puntual, ha habido varias (tres para ser exactos) ediciones Ánima hasta el momento. Además, el hecho de que a este nuevo grupo de trabajo que investiga sobre los procesos de memoria en Cuba le hayamos llamado Ánima, una vez más, es testimonio de una perseverancia que aspira a cimentar ese tránsito seguro de la vida a la muerte a la vida que constituye la memoria individual y colectiva. ¡Que la poesía de JK nos guarde en el camino!

Nunca tuve palabras para comunicarme con JK, fui la mensajera de la música de mi hermano y de los libros de mi novio. Y sin embargo no creo que necesitara nada más, ni sentí ni siento que tenga nada que compartir, ya hay demasiada palabra escrita que no merece salvarse. Uno oye, ni siquiera una voz, sino el eco repetido por tercera o cuarta generación de un lenguaje articulado, y no te preguntas quién habla o qué dice, te sientas y esperas que la reverberación de ese sonido detenga por un momento el devenir del tiempo.

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MARÍA DE LOURDES MARIÑO FERNÁNDEZ
María de Lourdes Mariño Fernández (Camagüey, 1984). Curadora, investigadora y crítica de arte. Máster en Administración Pública en la Universidad de Delaware (2018) y Licenciada en Historia del Arte (2007) en la Universidad de La Habana. Desde el año 2010 ha realizado o participado en varios proyectos curatoriales vinculados a la reconstrucción de la memoria histórica de espacios abandonados de la ciudad de La Habana. Recientemente ha organizado presentaciones artísticas en la Universidad de Nuevo México, la Universidad de Minnesota y la Universidad de Delaware, entre otros centros culturales de Estados Unidos. Ejerce la crítica de arte en publicaciones nacionales e internacionales. Actualmente investiga sobre la configuración de la memoria cultural cubana a través de las artes visuales.
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