9 julio, martes. BHÁVANÁ = proceso de meditación. Desde ayer me ronda un poema, toma la forma de palabras sueltas, chispas que me evaden. Lo suscita una imagen, Susana, nueve años, echada toda la tarde en la cama leyendo, lleva unos espejuelos color caramelo, de grandes cristales redondos: pantalones cortos de caqui y un pulóver verde botella que dice Je suis en forme. Su figura sobre la cama, con una pierna encaramada sobre la otra, preciso triángulo isósceles que se descompone en numerosos prismas de sombra jugueteando en la semipenumbra de la habitación: rombos de sombra y briznas reverberando por todo el cuarto, fugas de lectura. Susana lee y a través de sus ojos se disgrega y escapa un texto, se descompone y se rehace un libro; sin imagen, sin semejanza.

Yo la miro leer, y a través de mis ojos un poema que no llega se hace y deshace, informe y a la espera, a la espera y obcecado: aún no es libre sino concéntrico: no consigue salir de su informe inexistencia, de su perfecta circularidad. Aguardo, sé que el poema, íntegro, existe, debo persistir para recuperarlo: está disgregado en mí, único espacio donde no está intacto.

No me quiero desesperar. Paciencia. Susana lee, el libro entre sus manos, la imagen segrega poesía, una ternura a raudales: aguardar.

Entra ya de una vez por todas, le grito al poema de repente.

Y Susana se asusta.

DHÂRANÎ = recitación de la sílaba por palabras. “El maestro estaba exento de cuatro cosas. No tenía opiniones, no tenía prejuicios, no tenía obstinación, no tenía egoísmo.” Me espera un largo aprendizaje, estoy compuesto de opiniones, fuertes prejuicios llenan la vasija porosa de mi inconsciente, mi cuerpo es cuerpo de egoísmo, cabeza y corazón se obstinan, con egoísmo, por ese cuerpo.

OM: no cuchichear, no callar. Salir, según mis medios; viajar según mis medios pero no demasiado; preguntar pero no preguntar sin remedio: al regreso cambiar todas las ventanas de casa, al regreso, para finales de año, comprar el sofá cama nuevo que necesitamos para el sótano, al regreso pagar a plazos la matrícula de Mía: según mis medios estar ocupado pero no atareado, mucho menos ajetreado; de la escritura aprender a mirar por las grietas, ikebana (perfeccionamiento por el arte del arreglo floral) por las grietas, pîti (el afecto) por las grietas, sûnyata (el vacío) se fue la grieta.

OM: es la escritura abulimia. Es contubernio la escritura. No me distraiga. Barrer, barrer la entrada de casa, sólo el cuchicheo de la escoba; tender, tender la cama, sólo el rumor cóncavo del aire al sacudir la sábana, caer en su reposo de grulla quieta sobre el lecho; doblar, doblar la ropa para un ritual donde la ropa al colocarse ordenada en sus muebles alcanza la santidad.

OM: ¿qué es la piedad? Tu abuelo. Abuelo, no sé sentarme, son terribles los domingos del Señor; y lucho contra esta vocación literaria, y lucho contra esta vocación solitaria, no quiero temblar ante la muerte, quiero leerla: sin especulación, en los bosques: al pie de un árbol, sombrero de paja, pantalones de pana carmelita, camisa de franela a cuadros: sólo así soy lector.

OM: un voto de pobreza. Todo cuanto tengo es suficiente: dos casas, diez mil libros, cuatro meses de vacaciones, un sueldo de $50,000 al año before taxes, una bodega de ciento veinte botellas, diez, doce cajas de cerveza en el sótano, cien fulgores de la luz en los pomos de conservas de la despensa. OM: un voto de pobreza.

Mi enfermiza curiosidad, mi obsesión con el dinero, mi afán de acumulación: un vino, dos, un vino metafísico; un poema, tres, un poema metafísico; un peso, diez, un peso ingrávido, monedas incorpóreas: OM.

Dios, al interponerse, nos da cuerpo.

Cuerpo que pide: tomar una hora el sol en la piscina de la urbanización, leer Visita a Godenholm, llevo escritos 29 poemas desde que llegué, poner al día la correspondencia, desenzarzarme tumbado a la hora de la siesta: el cuerpo pide, yo respondo: comprar libros, fumar bueno, aprender a gastar, amar mis tentaciones para extenuarlas, situar la postura del cuerpo en un punto de la tarde cuando las cosas parecen ocupar su lugar indefectible: OM.

Trabajar, no dejar de ser un tarugo. Trabajar en una relación estupefacta con las cosas. Esas cosas que a la caída de la tarde parecen encontrarse ya en el sitio augurado. No pensar en la configuración de los objetos, esa frontera llamativa de cada cosa: escribir como si te hubieras quedado sin tinta; en el tumulto de una idea como si te hubieras quedado sin tinta: glotón, glotón, se te acabó la tinta. Escribe, escribe: escribe en el aire (la impresión que me produjo aquel cuento de Leónidas Andréiev donde un escritor moribundo escribe meses y meses una obra maestra, muere, y su hermano encuentra todos sus papeles sin rastro de palabras: el moribundo había estado escribiendo todo el tiempo en el aire): OM, escribir sin tinta.

Kozer escribe todos sus poemas a lápiz, los corrige a mano con un boli de pacotilla, luego los mecanografía y olvida: no creo haberlo visto usar jamás una pluma fuente. Maniático, escrupuloso, teme poder mancharse las manos, la ropa, de tinta; teme manchar de tinta el papel. HMM.

SAIKSA = reglas de comportamiento externo. Estuve dos horas tumbado al sol como una marmota, nadé un rato alardeando estilos: crawl, mariposa, piscina olímpica, perro de lanas. Echado boca abajo en aquella piscina atestada de rotundos muslos entreabiertos di jamón de vista un buen rato. Pasé un buen rato esta mañana en la piscina.

SAIKSA: feliz, por inmersión, en la Naturaleza. Almuerzo, hambre canina. Quiero acabar de leer esta tarde el segundo volumen de la Autobiografía de Darwin, rematar las últimas páginas de Visita a Godenholm, ver si empiezo el libro de Fumiko Enchi (Masks). No voltear la cabeza al menor estímulo, no soy un chango. Llevo, con el de hoy, 30 poemas escritos este verano, desentenderme. Inventarme ejercicios de claustrofobia a ver si por saturación me curo.

SAIKSA: si no oyes el barullo no oyes la muerte; gente que pasa, gente que se esfuerza por hacerse oír: muertos; ya no estoy en la jaula, pasaban y pasaban diciendo a grito pelado sus cosas y yo no alzaba la cabeza, que no soy chango en su jaula; fumo, hasta la uña, un magnífico Montecristo No. 5, se acabó, estoy saciado. SAIKSA: de algún modo oscuro todo esto es imperdonable.

Bah.

Para el comportamiento de mis poemas, las telas y no las piedras; las penumbras y no los mármoles; la delicadeza y no el bronco discurso poético de los castellanos. Sumergirme, por la poesía, en lo oriental: en los tablones de una tarima que aún huelen a palo de rosa o alcanfor, en el amor por los techos curvos, el musgo y la sombra, tal y como enseña Tanizaki. SAIKSA: ahora levantarme de la silla con la mayor lentitud, sentir girar cada articulación. Y ahora, om mani padme hum, trazar una lenta raya al final de este apunte.

SÛNYATA = el vacío, la no sustancialidad. “Todo se resiste a ser escrito.” Franz Kafka, Diarios, 20 octubre, 1912, OC, Buenos Aires, 1960, Emecé Editores, pág. 1734. Todo se resiste a ser escrito, mi buen Kafka.

Mis respetos. Apaga y vámonos.

10 julio, miércoles. SÛNYATA. Ejercicio de claustrofobia: para llegar a la limpia ausencia tener que transcribir el horror como hiciera Poe.

Doy gracias a Dios que trajo primero al mundo a Edgar Allan Poe y me eximió de escribir “The Cask of  Amontillado”.

Yo tengo ya bastante con The Fall of the House of Kozer.

Ejercicio de claustrofobia: SÛNYATA. A la hora de la siesta el maldito vecino con la TV puesta a toda mecha, ¿qué le vamos a hacer? No tengo la sartén por el mango, ítem, a la hora de la muerte, etcétera. Total y absoluta falta de control. La muerte, en estrechez, nos mete donde le da la gana, en principio nos reduce a la inmóvil estrechez del hecho estrecho: el lecho estrecho donde criamos malvas, error de percepción de la mente popular, pues sólo sería así si nos enterraran de pie: lo que criamos son helechos, sujetos a nuestra condición jeroglífica y celular: ser fronda criptógama, he ahí nuestro destino más inmediato.

En estrechez, mirar el agujero fundirse en agujero: ejercicio de claustrofobia. La primera vez que miro el ojo de la aguja veo pasar una caravana de camellos; la segunda vez que miro el ojo de la aguja veo pasar a Midas bailando de la mano del rey Salomón; la tercera vez que miro el ojo de la aguja entra en fusión de sí el agujero: la hueste infinita de los ángeles del cielo pasa el hilo finito de mi vida por el ojo vacío del vacío agujero, contorno extremo, infinito, del agujero de mi ojo fundido al rojo vivo, escoria, estiércol.

Sobreviví al ejercicio. Una linda mañana de sol madrileño, pureza del aire de la sierra de Guadarrama: podrá ser cierto que en el espejo se refleje el espejismo del espejo, pero de momento es por igual cierto que la urraca está tranquila en su destino sobre la rama de una encina, el sol de la mañana la roza y la obliga: tarareo y ella canta al alba.

Me he vaciado. Primeras palabras para empezar a escribir todos los días en el cuaderno de apuntes. Y tras el transcurso, D.m., de una larga vida, cerrar con unas últimas palabras un largo y amoroso ejercicio de escritura que deja su rastro, deja su huella destartalada, filigrana larga, anterior al perpetuo final: del alba de las palabras a las últimas palabras.

Palabra que no es fácil escribirlas.

[…]

La coqueta del cuarto de mis padres, al fondo del interminable apartamento de la calle Estrada Palma, tiene dos profundas gavetas donde mamá guarda sus joyas, bisuterías y cosméticos. ¿Algún secreto, mamá?

Tengo doce años, me siento delante de la enorme luna de la coqueta de majagua, sobre el taburete tapizado de terciopelo verde. Por el espejo vi entrar a papá, con el piyama puesto, tenderse a dormir la siesta. Cierra los ojos, no me ve, no me puede ver porque su visión está en manos de mamá, a su merced. La inmensa cama matrimonial, a medias ocupada, contiene el sueño de la verdad de mi padre: ama a mamá. La ama con todos y cada uno de los resquicios de su delicado cuerpo, salvo la boca: ama, no lo dice.

Con el silencio, la aleja, con todos y cada uno de los resquicios del cuerpo, la acerca. Se le acerca y la besa, fruición del beso casto del padre a la madre, beso concupiscente del amor carnal. Tiene veintiún años mi madre, y yo que vengo de su revés, tengo doce.

Por el espejo de la coqueta los veo, desnudos, briosos, hacer el amor: callan, gimen, suspiran, resoplan, se ahogan: éxtasis del corcel encima de la palafrenera a horcajadas sollozando entrecortados silencios. Purgatio illuminatio unio. Tres en uno. Y los dos se abrazan de terciopelo y grana, se aman, ríen, bailan el baile de las ajorcas y las dulzainas, birimbao birimbao mis padres. Unio illuminatio purgatio, de los dos vengo yo.

Acabo de nacer: SÛNYATA.

11 julio, jueves. Escribí cuatro largas páginas a dos caras, letra menuda, en mis diarios. De todo aquello lo único que merece la pena rescatar es la palabra aunque.

16 julio, martes. DÍA HÁBIL. Piensas que escribes sobre una superficie blanca con letras azules cuando en verdad escribes sobre una superficie negra con letras negras. (“Humillación”).

DÍA BISIESTO. Woodstock, 1964. La chica de Johnny Berg. A las tres de la madrugada, borrachos y enmarihuanados cogíamos el Porche de JB y dábamos toda la vuelta alrededor de Woodstock, pisando el acelerador a fondo, llevándonos todos los semáforos (no eran muchos), excitement, excitement, la idea era correr el riesgo de matarse: vaya que no era uno comemierda.

En este caso comemierda multiplicado por cuatro.

Johnny Berg, su chica Kate, mi ex y el ex que soy yo mismo. Aquella emocionante experiencia duraba algo así como una hora y luego nos subíamos a lo alto de Woodstock, vista del pueblo, los bosques, las montañas (que de noche se te acercan peligrosamente) a beber Irish whiskey, fumar marihuana (hash), ver salir el sol.

Salía. Un sol extremo y bisiesto para una bisiesta experiencia, bajo los efectos del cansancio y de la marihuana veía clarear segundo a segundo, cada imperceptible intensificación de la luz naciente era no sólo perceptible sino, sobre todo, insoportable: veía en la luz su interior: el fuego. La tibia luz primera del amanecer quemaba; esa luz todavía jaspeada de nocturnidad revelaba chiribitas que recomponían un carro de fuego, el profeta Elías peligrosamente cerca, llevaba las riendas de sus corceles ígneos, auriga dos veces en mis separadas pupilas. Despertar, amanecer un día cualquiera era abrir ojos de una sola pupila, una sola mirada. Aquí arriba, sin embargo, la visión era doble.

¿Otra comemierdada?

A las dos de la tarde me despertaba, almorzábamos una chuchería, salía para el trabajo. Estaba, por aquel verano, de cantinero en el único cafetín bar restaurante que entonces había en Woodstock: lugar nada famoso. Mi ex era camarera; a la noche, en el diminuto apartamento que habíamos alquilado por tres meses a una vieja horrenda, con justicia llamada Mrs. Calamar, cogíamos todo el dinero de nuestras propinas y antes de echarlo a un gigantesco pomo de (ex) pepinos agrios, contábamos dos veces, la primera con seriedad burguesa, la segunda con gestos y risas de tahúr, lo que habíamos ganado: el suelto iba al pomo, los billetes al bolsillo.

Mío.

La maquinaria ilimitada del corazón recuerda ahora a Kate. Pese al nombre era una judía sefardita, alta, esbelta, sus conmovidos ojos azabaches conmovían, el pelo siempre suelto le caía más negro que la pez a sus espaldas, sus pequeños pechos redondos eran dos piezas perfectamente modeladas de boj: al abrazarnos los sentía contra mi pecho como dos ascuas devueltas a su primera naturaleza: dura madera de un árbol centenario.

Culta, lectora voraz, daba gusto oírla hablar de literatura: aquel verano me obligó a leer a Musil, no dejaré nunca de agradecérselo. La música, no obstante, era su obsesión: su voz era un susurro cuando narraba con regodeo pausado el modo musical de construir que caracterizaba a Bach (greatest architect on earth, nos decía), sonreía al describir la vida de Satie, a quien sus padres conocieron, una vida, decía, en última instancia espiritual porque su música hacía sonreír.

Kate: una de las mujeres más hermosas que ojos humanos jamás hayan visto. Johnny se la comía con los ojos, a su paso todo Woodstock volteaba la cabeza. Unas piernas de lúcidos contornos, unas caderas que abrían el apetito a la maternidad por la vía de una noche de amor ardiente. Conversadora excelente, buena bailarina, insaciable lectora. Dos, tres veces por semana nos reuníamos a la madrugada en la enorme sala de su casa: en profundos sillones de bambú la oíamos tocar el piano. Era, una consumada pianista, la altura de sus interpretaciones era insuperable. Todavía la estoy viendo con su traje escotado de noche, una orquídea al pecho, arrimar la banqueta al piano de cola y, vaporosa, sin jamás quitarse sus guantes de seda, tristemente (“Una noche, una noche toda llena de murmullos, de perfumes y de música de alas”) interpretar durante una larga hora estudios de Chopin.

Se detenía de repente en medio de una composición a la que evidentemente estaba entregada con toda el alma y cerrando violenta la tapa del teclado se volteaba, nos miraba con odio y salía corriendo por la puerta de su casa. Corría, como un ciervo solitario cuesta abajo, se metía en una tupida pineda a un kilómetro de distancia, ahí la encontrábamos llorando en un claro del bosque (“Llena de las infinitas amarguras y agonías de tu muerte”): lloraba, inconsolable, el vestido en ruinas, la orquídea destrozada bajo sus zapatos, los guantes de terciopelo a sus pies, recorridos por escarabajos.

Sus manos, eran sus manos, esas maravillosas manos musicales, en lugar de dedos había diez muñones, diez colgajos diminutos, pulpejos muertos, cada uno con su uña recortada y limada, pintada de rojo. Kate tenía un defecto, quizás el único que concibo, defecto de nacimiento: sus manos, creadas en lo alto, para la perfecta interpretación musical, eran dos manos donde colgaban diez asquerosas piezas de carne, diez implacables, insaciables uñas, inútiles a los efectos de su gran talento musical. Para Kate tocar al piano era una tortura; a la hora, el dolor físico que sentía se volvía inaguantable, el dolor se le subía y atoraba en el pecho, la angustia la ahogaba, tenía que escapar.

Y era una sola sombra larga.

14 julio, domingo. DÍA LÁBIL. I hear you are a fine poet. A poet yes, fine l’m not. Come to think of it, fine I am, a poet l don’t know.

¿Vale la pena epatar? ¿Ve Usted esos dos tipos sentados al fondo? El de la izquierda es un poeta mayor, el de la derecha es un poeta coronel. ¿Una escritura epatante, efectista, no es perder el tiempo? ¿Dónde está el Macizo Central? Entre mis piernas. ¿A quién pasmas hoy en día con eso?, por favor.

DÍA LÁBIL, se deslizan las horas, verano y sonrisas, grandes parasoles Cinzano. El buen humor lábil del ocio, la sonrisa que ahuyenta el día hábil, “con el sudor de tu rostro comerás pan”, God, Génesis, 3:17. Cute, very cute Mr. Kozer.

O como cuando ella me gritaba, fuck you, y yo le decía, if l could I would be self sufficient. Y me veía con el mandado estirándolo y retorciéndolo hasta alcanzar mi propio culo. ¿Es eso exceso o falta de imaginación?

Quevedo. El diablo le concede una última gracia a un moribundo, su último deseo. Quiero ser salvado, exclama sin pensárselo dos veces. Y muere. Instantáneamente reaparece en el Infierno convertido en salvado, pura cáscara de molienda. Un hato de diablillos de la cohorte infernal se le abalanza y en un santiamén lo devoran, rico salvado, nutritivo, purificador del sistema digestivo.

Último deseo concedido.

Quevedo ya es otra cosa. Pero una literatura de retruécanos, paronomasias, efectos sonoros, visuales, verbales, ¿merece la pena ser escrita? Divierte, sin duda hace reflexionar cuando está bien hecha, claro que tiene su lugar en el mundo por aquello de que en la viña del Señor, etcétera, a cierto nivel desbarata la visión en exceso solemne y mayestática de la tradición, incluso es inolvidable, como puede serlo la anécdota relacionada con el poeta cubano Emilio Ballagas y el verso que hizo famoso Manuel Altolaguirre al crear una errata a propósito, transformando “un fuego atroz que me devora” en un “fuego atrás que me devora” que sentó como una patada, you know where, a aquel poeta que practicaba a oscuras y segura la homosexualidad. Again, very cute.

La cábala promulga que desperdiciar una sola letra, utilizarla para fines espurios, es grave pecado: inclusive puede llevar a la destrucción del mundo si equivocamos su escritura, modo sutil quizás de dar a saber que equívoco es equivocación que puede arrasar con todo, la propia escritura y el propio equívoco incluidos. ¿Cómo pues emplear el alfabeto para hacer juegos de palabras, juegos que por inteligentes que sean nos alejan de Dios? Sería inconcebible presentarse ante el rostro divino con la boca llena de retruécanos: el momento no se presta ni se compadece. La palabra escrita, por igual, está al servicio de Dios, y no al servicio de nuestro entretenimiento, como bien advirtiera Pascal.

¿Pascual?

EL DECÁGALO. Hay dos Moisés, el Santo Varón y el que tiene cuernos en la frente. Hubo dos Tablas de la Ley, la que Moisés, furioso y decepcionado quebró y la que permanece incólume. Ambas contienen la palabra de Dios, que es Una y la Misma. Sólo que la Tabla que Moisés hizo pedazos se pervirtió, no es el Decálogo sino un Decágalo.

Primer Mandamiento. No venerarás frente a mí a otros dioses sino por detrás.

Segundo Mandamiento. No adorarás esculturas ni imágenes falsas sino las venderás.

Tercer Mandamiento. No proferirás en vano el nombre de Dios sino que en vino lo preferirás.

Cuarto Mandamiento. Respetarás el Shabat traicionando y prevaricando los demás días de la semana.

Quinto Mandamiento. Honrarás a tu padre y a tu madre, en ese orden.

Sexto Mandamiento. No matarás con Flit.

Séptimo Mandamiento. No adulterarás la leche.

Octavo Mandamiento. No hurtarás el bulto a tu sombra.

Noveno Mandamiento. No depondrás falso testimonio ni depondrás fal/o ni testi//–/.

Décimo Mandamiento. No codiciarás los codos, códigos, condones, codicilos ni coediciones de tu vecino sino a sus mujeres.

Dios me perdone.

17 julio, miércoles. DÍA BISIESTO. Murió Heinrich Böll a quien con Thomas Mann debo haberme adentrado en la literatura alemana (que tanto amo) de estos dos últimos siglos. Muerte de un hombre recto, queda la rectitud; muerte de un hombre que como Mann entendía el trabajo literario como una operación cotidiana e inagotable: murió un escritor que trabajaba, quedan trabajo y escritura.

Yo había leído de joven a los poetas simbolistas franceses, luego leí a los poetas y novelistas norteamericanos, leí a Dostoievski y a Kafka. Böll me abrió otra puerta, la habitación en la que entré fue una verdadera Morada: el Espíritu brotaba de continuo de la literatura en lengua alemana: Trakl, Büchner, Jean Paul, Musil, Hölderlin, Jünger, Hermann Lenz, Nadolny, Peter Handke, Bernhard, von Hofmannsthal, Döblin, Hesse, Robert Walser.

Böll me abrió una puerta que se convirtió en compuerta: subía a voluntad las esclusas y corría un agua clara que me traía literatura oriental, las volvía a subir y entraban aguas pestilentes donde Jacob luchaba hasta rayar el alba con el ángel del Señor, aguas malolientes que me traían literatura eslava: y ya todo fue una fiesta de libros. La fiesta sin fronteras ni horarios ni horas: me quedaba dormido a cualquier hora con un libro entre las manos, la lámpara seguía encendida en mi interior, pues dormido leía, seguía escribiendo la novela que yacía dormida a mi costado.

La plomada de la muerte no pesa para Heinrich Böll, vestido de fiesta en una biblioteca celeste donde lee y escribe sentado en un trono de hojalata y al pie de una lámpara de pantalla verde que riega siete reflejos que son siete lámparas de oro que todo lo preservan.

DÍA BISIESTO. “Y volvióse el ángel que hablaba conmigo y me despertó como a hombre a quien se despierta del sueño. Y díjome: ¿Qué ves?’” Zacarías, 4:1-2. Zacarías responde, yo callo. ¿O es que Dios pretende ponerme a prueba; o es que Dios quiere corroborarse en mí? ¿Quiere oír de mí lo que ya sabe, aquello que me impuso delante de los ojos en toda su extrañeza? ¿Y ello para luego Él callar? Yo callo.

Oí la pregunta por mediación del ángel de Dios a Zacarías, de Zacarías por mediación; y esto ¿no es ya cosa extrema? Hay pregunta, también la oí, ya me puedo tapar los oídos y bailar con un libro abierto entre las manos cantando Su alabanza, ¿no? Y aunque oí de segunda mano también es cierto que oí. El cilindro de luz de Zacarías vi, y aunque vi de segunda mano es cierto que vi. Los viejos y las matronas de la comunidad se tiran de los cabellos lamentándose con el libro abierto entre las manos en lugar de ponerse a bailar; y se dan golpes de pecho pues sólo ven en el libro palabras que tuvieron que cruzar el espacio de Dios al ángel, del ángel a Zacarías, de Zacarías a los viejos y las matronas de la comunidad: ya pueden, pues, cerrar el libro.

No me pueden tocar pues yo oí la pregunta, vi el cilindro de luz, y por palabras oí decir sus cosas a Zacarías; así que me lapidarán como a una adúltera, sería socorrido y entraría en un reino que es ninguno: sólo oí una vez, sólo vi una vez, y por mediación de mediaciones, hace mucho tiempo: la visión ya flaquea.

Para poder soportar este tiempo sólo tengo un camino, vestir las ropas del pordiosero: así Dios transmite.

Un mendrugo de pan y me harto, un vaso de agua y me sacio, cruzar dos, tres palabras conmigo mismo y se cierran todos los libros.

Murió Heinrich Böll, lee sentado en un trono de hojalata, la lectura de su libro leo esta tarde de rodillas a sus pies apoyado en un escabel de hojalata.


* Fragmentos de Una huella destartalada, Bonilla Artigas Editores, México D. F., 2014, pp. 51-63.

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JOSÉ KOZER
José Kozer (La Habana, 1940). Es uno de los poetas más prolíficos del mundo contemporáneo. El conjunto de su obra suma cerca del centenar de libros de los cuales el más reciente, Nulla dies sine línea (2016), intenta recogerla en su integridad. Ha ejercido la docencia en algunas universidades y traducido al español a poetas de las tradiciones inglesa y japonesa. A la par de un indiscriminado ejercicio de la lectura, ha llevado una reflexión crítica sobre antiguos y modernos, canónicos y emergentes, de la que dan fe los fragmentos de sus diarios, las entrevistas concedidas y los ejercicios en prosa en parte concitados en volúmenes como La voracidad grafómana: José Kozer (2002) y De donde son los poemas (2007). En 2013 fue galardonado con el Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda.
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