‘He lives in Cincinnati and Does Not Even Write to Me’, Cirenaica Moreira, 1999

…y cierro los ojos y sueño que me la mete toda por detrás mientras le hago frijoles negros. Su picha larga y bien tiesa –sueño–, negra como los frijoles negros, colorada como los frijoles colorados por los que también vendré ma­ñana y luego y todos los días… por todavía soñar con su picha dentro de mí, más, un poco más. Estamos en París, en la diminuta cocina de su cuarto diminuto que es cocina y dormitorio y baño y sala de estar y estudio en des­orden, a la vez. Él tiene, cuando mucho, veinte años más que yo, pero a los cuarenta míos esa ya no es diferencia que se note. Yo entre el filo de la me­seta y él. Yo entre el borde y él. Yo sin voltearme con el cuchillo y la cebolla entre las manos, el ají, la tabla de cortar, la picha entre las piernas. Todavía me habla a distancia. Yo conservo su imagen fija, detenida en el recuerdo, de cuando era él quien llevaba los veinte. Alto, alto, inconfundible, esbeltísimo y afilado, afilados los ademanes, afilada la cara, camaleónica, y su drum de los setenta indeleble en el recuerdo, destacable, rescatable, seleccionable. Ahora lo identifico entre muchos, entre el gentío y el bullicio del opening, los vasitos plásticos y el vino tinto. Lo identifico por entre las bandejas, los bocaditos y el hambre histórica de algún funcionario del cuerpo diplomático, mal disimulada bajo los mercí y los mernó…, bajo los trajes reciclados, mal planchados, mal cortados, desteñidos, asignados. No sé quién es, todavía no sé quién es pero lo identifico. No sé quién es pero es la fuerza de la atracción universal sobre nosotros dos, es la fuerza de la atracción universal quien co­loca su drum, todavía su drum, en París, a las nueve de la noche del día 27 de septiembre de 2006, en lo alto, frente a mí, y por sobre las cabezas y las boinas, y los ganchos de pelo y las redecillas y los apliques y los pelos rubios, negros, crespos, lacios, calvas, canas, tintes, caspas. Es la fuerza de la atracción universal colocándonos a uno frente al otro, por sobre los vasitos, las bocas en los vasitos, las carcajadas, los violines y los funcionarios. Él también me mira, él también con la boca en el vasito, la súper boca, y los súper ojos entornados, me mira, camaleónicos los ojos. Ojos de camaleón, de majá, de serpiente cascabel, ojos de morena, anguila eléctrica, anaconda… Y alto, alto, tan alto, tan alto, alto. Hace rato me mira y ahora yo corro con los ojos vendados por los pasillos anchos, interminables, blancos, vacíos, de la vieja Academia de Bellas Artes donde él es estudiante y yo soy la hija del profesor y tengo cinco, seis, siete años y corro y me corro frente a él, y en medio de la galería, de tan sólo mirarme. El piso mojado, un pequeño charco sobre la ma­dera, confundido con cualquier charco, de cualquier líquido derramado de cualquier bandeja de opening. Pero soy yo, soy yo frente a Lamberte calzán­dome por detrás, y es mi líquido el que se derrama en la galería y en su co­cina de la Villa Borghese. Me pregunto si alguien, a cambio de este pequeño cuarto suyo de la Villa Borghese y mi apartamento de La Habana, nos daría algo, en cualquier estado, en el centro de Montmartre, una dos-por-una más un vuelto por encima, por tratarse de Montmartre. Algo en cualquier estado por tratarse de Montmartre. Algo que alcanzase para los dos, en el centro de Montmartre, o a un costado. Me pregunto si acaso en Montmartre, como en cualquier otro sitio, la felicidad también no sería lo mismo.

Todavía me habla a distancia, no deja de balbucearme bellas palabras a distancia, finamente dichas, sobre no sé qué civilizaciones y razas, mientras me clava con toda la largura de sus dedos y de su picha negra, colorada, violeta, por detrás. Por delante, por detrás, por delante, por detrás. Hacia un lado, hacia el otro. Una picha larga y flaca como una culebra, un majá de Santa María. No me interesa en sí ni el tamaño ni el grosor de la picha, pero la idea de la culebra, del majá de Santa María, me electriza. La sola idea de él como una culebra, como un majá de Santa María entrando y saliendo todo dentro de mí, me electriza y me pone cachonda, chorrona. Yo me vengo a París por sus frijoles y me vengo con todo, con el ají, las cebollas, el clavo de olor y el laurel, el cuchillo, el orégano y hasta la tabla de picar, el delantal de guinga y el pañuelito anudado sobre la frente. Un paraíso soñado que en otras circunstancias dejaría mucho que desear. Yo no necesito que Lamberte ponga nada. Yo se lo pongo todo a Lamberte. La máquina de fregar y la de lavar y la aspiradora y la friegasuelos y el cortacésped, el tres en uno y el DVD y el LCD, el periódico y la banqueta para descansar los pies, la secadora de pelo, la rasuradora, el culero desechable, los jimaguas y el azúcar también. Unos buenos frijoles siempre llevan su punto de azúcar. Yo me vengo a París con el punto de azúcar y se lo dejo caer a Lamberte en la boca y en su picha, y le digo vaya para que lo pruebes, Lamberte. Lamberte tiene una mirada rara, me mira raro, me hipnotiza y yo me pregunto si será Lamberte quien me mira o ese depravado de Henry Miller por el que también me habría venido cien veces corriendo a París, cien veces como él mismo, sin una moneda en el saco.

Lleva días que no se baña este Henry Miller, apenas la picha y el culo en el primer estanque, por si acaso una cogida, aunque no creo que le importe mucho, pero por si acaso una cogida, o los piojos. Sin embargo, siento en el olor de su piel, todavía en el sustrato, el aroma de alguna colonia barata que me resulta demasiado familiar. Este hombre dice que me ama, que me ama con frenesí, con exultación, y que una mujer no debería desoír así a un hombre que la amase de tal manera, que una mujer debería estar obligada a corresponder al amor de un hombre que la amase de tal manera, aunque este hombre fuese un apestado y un vagabundo, un don nadie con pretensiones en el centro de París, con creencias de literato, pornógrafo mal parido único en su estirpe, y se paseara por las calles con un libro en la panza, un mamotreto cualquiera, como si fuese un hijo a punto de nacer, un hijo por el que las mujeres y los hombres deberían cederle el paso en las aceras, y el asiento en el tranvía, los niños y los ancianos. Este loco de remate acabará por hincarme de rodillas frente a él, lo sé, acabará por doblarme sobre el fogón donde tal vez, algún día, me pare a hacerle frijoles, judías, lentejas, cualquier grano barato para matar su hambre milenaria.

Lamberte me hinca de rodillas y me da de azotes. Yo, su cepo, su tronco, su escarmiento universal. Donde antes quedó un esclavo, un cimarrón, ahora hay de vuelta un señor.

Lamberte dice que me ama mientras recita de memoria las cuatrocientas cuarenta y una páginas de la edición cubana de El engaño de las razas, de don Fernando Ortiz. Por cada página un azote, por cada párrafo, por cada oración, por cada negro engañado. Yo digo sí, misuamo, lo que Usted diga, misuamo, sí, mi señor. Y pido perdón, y me inclino, y me postro ante ti, querido Lamberte, y humildemente pido perdón, en nombre de todos los negreros y traficantes, en nombre de todos los colonos y capataces y ma­yorales y capitanes generales y príncipes y princesas y reyes de ultramar. Yo también debería llorar por esto y lloro. Entonces Lamberte, transculturado, se hinca de rodillas junto a mí y reza. Cuatrocientos cuarenta y un padre­nuestros. Uno por cada página de la edición cubana de El engaño de las razas, de don Fernando Ortiz. Uno por cada párrafo, por cada oración, por cada negro engañado, por cada azote. Y quedamos en paz. Ahora Lamberte y yo corremos juntos, de la mano, bajo el cielo azul estrellado de las aulas y de los corredores de la vieja Academia de Bellas Artes. Yo tengo cinco, seis, siete años, y Lamberte aún viste su bata blanca. Tantos años después, en el opening de París, Lamberte sigue siendo aquel idéntico estudiante, el mismo polvo de mármol blanco entre las manos, las uñas, las orejas, los dientes y el pelo, el mismo drum, el mismo olor familiar, aunque yo no logre identificarlo del todo, ni él.

Doblada sobre la meseta como me tiene, este Henry Miller me rellena la oreja con su lengua de cinco-pies-ocho-pulgadas, de manera que no tengo acceso ni a escuchar un pensamiento propio. Yo debería pensar en Hugo y en cómo se la gasta para que yo pueda vivir en París en una casa como esta, con dos plantas y servidumbre como esta, y jardín y patio y traspatio y flores que caen del cielo todo el año, y piscina y jacuzzi y mueblecitos de hierro al sol, al tibio sol de París, donde yo pueda tomarme un té y reposar mi linda cabecita y mi lindo sombrerito y mi vestido impecable y lánguido de tercio­pelo negro, muselina fresca, fresa, como también –dice Henry– lucen mis piernas, Henry, oh Henry…, todo comprado por él, por Hugo, caro, caro, tan caro. Yo debería pensar más en Hugo y en cómo se las gasta él para que yo pueda, todavía, anotar en mi diario, en mis muchos diarios, cada una de las cochinadas que Henry Miller me dicta al oído, despacio y claro para que yo no me pierda en el dictado, más las mías propias que ya son bastantes y bien cargadas, y aun soñar con publicarlas y que se escandalice el que se tenga que escandalizar. ¿Acaso no estaríamos predestinados este Henry Miller y yo –alcanzo a preguntarme en un descuido de su lengua– por una fuerza de atracción? ¿Universal? ¿Cósmica? ¿Que nos hace inútiles y siervos a la vez? ¿Penitentes y siervos? ¿Seducidos hasta la invalidez? Yo debería pensar más en Hugo que me ha traído a París y a su vida para que yo no sea más una niña sola, pero este Henry Miller también se las gasta con las groserías. Y con su lengua paseándose por todo el laberinto de mi cavidad auditiva, no para de repetir que la monogamia es como estar obligado a comer papitas fritas todos los días, todos los días, todos los días, mientras me la mete toda por detrás y veo las estrellas, todas las estrellas del cielo azul de París, de Montmartre, del Palacio de Versalles y de la campiña francesa completa. Y cierro los ojos y las estrellas siguen ahí. Entonces yo pienso en las papas fritas y en la grasa alrededor y en el día a día, y me doy la vuelta y me lo cojo por las nalgas y por todo él porque el muy puerco cómo me gusta. Sí, me gusta este Henry Miller, y el niño solo que también hay en él y en cada una de esas páginas que escribe y carga en el vientre como si fuese un hijo que le está por nacer. Un hijo de su propio vientre. Yo lo adoro a él. En realidad yo lo adoro a él. Y se lo digo. A la vez que me pregunto si, de alguna manera, no habremos comenzado a darle el primer mordisco a la papa frita.

Yo lanzo un zapato sobre el insecto en la pared y Lamberte y Hugo y Henry Miller frente a mí, todavía con sus pichas tiesas recién sacadas del horno, mirándome en silencio, en la dos por una de La Habana, de Montmartre… Y pongo la mesa con unos frijoles humeantes, sin azúcar ni sal, que ya no sé para quién son. Y cierro los ojos.


* Este texto fue publicado originalmente en El retrato ovalado, un libro experimental concebido para treinta autoras, editado por Soleida Ríos para la Editorial Thesaurus, Brasilia, 2012.

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CIRENAICA MOREIRA
Cirenaica Moreira (La Habana, 1969). Artista visual. Graduada en la Facultad de Arte Teatral del Instituto Superior de Arte. A través de la fotografía, su obra explora la representación del cuerpo femenino, con un marcado carácter autorreferencial y performático. Ha realizado exposiciones personales en Cuba y en el extranjero, y participado en importantes muestras colectivas en La Habana, Estados Unidos, España, Alemania, Francia, Israel, Brasil o Jamaica. Obras suyas integran las colecciones del Art Museum de la Universidad de Virginia, de la Fundación Arte Viva de Río de Janeiro, de la Fototeca de Cuba, del Foto-Fest de Houston o de la Lehigh University Art Gallery de Pensilvania.
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