Ilustración Agathe Marin

De las islas no se despide nadie para siempre.
Dulce María Loynaz, Un verano en Tenerife, 1958

 

Nombres para una isla

En el barco en que atravieso el golfo de Vizcaya en el Morbihan bretón, leo que a los habitantes de la isla de Groix, hacia la cual me encamino, se les conoce por su adicción al café. Por supuesto que ningún vestigio de plantación encontrará quien busque un cafetal en los escasos 8 kilómetros que mide la isla, aunque al haber descubierto hace algunos años la pasión por el ron de los bretones me convenzo de que este pueblo marinero es imprevisible.

Les greks llaman a los habitantes de Groix, porque grek en bretón significa cafetera. Pueblo de pescadores de atún, se asocia el calor de la cafetera ardiente con el recibimiento doméstico a quienes llegaban de las frías aguas de la región con la pesca que se vendería lo más rápido posible para atenuar la miseria que antaño asolaba estas rudas geografías. No sólo eso. De los barcos pesqueros se veían escapar los hilos ardientes del café, cuyo aroma se mezclaba con el olor de la carne carmesí de los atunes recién sacados del océano.

Me entretengo a veces en comparar los países según la calidad del café que sirven. Me deleito en repetir que dos virtudes faltan a la elegancia y a la mesa francesa: raramente el francés lustra sus zapatos y es pésima la calidad de su café. De los países por donde he estado, sólo México se compara a Francia en eso de un café imbebible, por razones diferentes: los franceses intentan hacer el expreso italiano sin éxito, mientras que los mexicanos insisten en colar esa agua oscura que se nombra café americano. No deja de ser inesperado este final de cena en dos de las mejores cocinas del mundo.

En eso voy pensando con una pregunta que trata de responder a una curiosidad: ¿cómo hacer para procurarse tanto café desde una isla bretona?, cuando percibo la silueta de la isla y desciendo al Port Tudy. En pleno agosto tengo la suerte de ver resplandecer una luz que supongo rara en otras estaciones sobre los cafetines del puerto que fuera en una época el más grande atunero de Europa, y que ahora cuenta con cinco aislados pescadores. Todavía no es mediodía, pero ya deambulan bajo el sol decenas de personas que seguramente, en una isla de apenas dos mil habitantes, deben ser turistas como yo.

El hotel Ty Mad –“buena casa”, en bretón–, una antigua mansión burguesa donde G. ha reservado, se levanta con sus veinticuatro habitaciones y vista al océano a escasos pasos del muelle. Al recorrerlo descubro, al fondo del jardín, una piscina abierta y una nota en el folleto de prospección donde se aclara que el agua es climatizada. Con esto se responde a la pregunta elemental del tiempo de utilidad al año de ese rectángulo de agua en esta región de clima atemperado y oceánico.

Me llama la atención el jardín alrededor de la piscina y al explorarlo descubro que lo decoran blancas mesas de hierro Mategot desde las que se pueden ordenar pedidos. Me apresuro intrigado a pedir un café. Al parecer, mi curiosidad supera los recelos que conservo al beber un café en Francia y no exijo ahora, en esta isla de cafeteros centenarios, que me lo traigan con leche.

Aprovecho que la camarera ha salido al jardín para llevarle una bandeja con copas a una pareja de jubilados que acaban de salir de la piscina, y le hago una seña. Georges Sand en su libro Un hiver à Mallorca –adonde fuera a residir con un Chopin enfermo–, anota que la lentitud por el temor a los límites de agua es uno de los rasgos que identifican al insular. Conociendo mi cuerpo isleño el placer y el vicio de la lentitud, no me espero prontitudes al acodarme en las butacas de las terrazas de una isla.

La camarera me contradice, al igual que su apariencia distante de la luz estival que ilumina las hortensias, y vuelve más rápido de lo previsto. Es la misma muchacha de semblante nevado, pelo negro y pómulos salientes que me servirá mañana mi primer desayuno en el restaurante del hotel. Le comento alguna nadería acerca de mis impresiones al llegar a su isla y supongo que me responde también con alguna banalidad obligada por su oficio, porque no recuerdo ni sus palabras ni las mías.

Mañana no. Mañana con prudencia, sentado a la mesa de un extenso desayuno, la incitaré a hablar del café bebido en la isla y se verá obligada a repetir que es una costumbre local desde la época de los pescadores de atún, y etcétera y etcétera. Yo agregaré que soy cubano y que fuimos el primer productor del mundo de ese grano gracias a los franceses que introdujeron el café en mi isla al salir huyendo de las decapitaciones de galos en Haití. Conjeturo que la sorprendo porque me escucha con atención y su curiosidad (¿o su ignorancia?) la enmudece. Agrego entonces que mis compatriotas beben el café con mucha azúcar. Por una de esas insensateces que cometo con frecuencia –¡ah, glorioso pasado criollo!– me da por comentarle que también fuimos el primer productor de azúcar en el mundo, eso sí, de caña, de caña, no de remolacha. De tanto tiempo en Francia – diserto–, ya sólo le encuentro gusto al café si no tiene azúcar, la amargura le da vida como el aroma.

Logro entonces que al menos una vez, ella, que dentro de unos días se llamará Hortensia, me afirmara algo así parecido a una convicción y confesara una complicidad:

—Me es imposible beber café con azúcar… Es impensable. Yo también prefiero el café amargo, natural.

A medida que habla yo percibo el contraste entre sus labios de un color rojo sangre y los dientes que alternan con la lechosa tonalidad de su rostro. El diálogo no va más lejos, pero la sigo con la vista mientras sirve a otros huéspedes que alternan té con café, muchas veces reunidos en familia alrededor de mesas repletas de panes, pasteles y pomos de confituras.

Desgraciadamente, al final del ritual no hay sorpresas agradables a mi paladar. Pruebo el café que me trae Hortensia; el café de la isla de los bebedores de café es americano y no expreso: una abundante agua a la vez transparente y negruzca que no puedo terminar de engullir. Que este brebaje le dé nombre a la isla no deja de consternarme.

Poco después iría descubriendo que esa etimología para turistas es reductora. El nombre podría provenir, según otras hipótesis, del bretón groa (pedrusco) formado por la raíz del celta —graua que dará lugar al francés gravier (grava). En Groix las piedras poseen una rareza tan rebuscada que se cuentan unas sesenta especies de minerales que matizan de manera diferentes sus arenas y terrenos. De hecho, el suelo de Groix está esencialmente compuesto por micacita, una roca que contiene mica y cuarzo, minerales que la hacen resplandecer. Isla entonces de granos de café molidos y de granates, de humaredas domésticas y suelos centellantes, de bebida humeante y rocas que irradian.

Otros opinan que grek puede aludir fonéticamente a los griegos. Pero una diferencia salta a los ojos (y al paladar) entre el café griego y el americano de la isla de Groix: el café griego (más conocido actualmente como café turco) no se filtra, me lo ofrecieron de invitado una tarde en casa de amigos armenios y poco faltó para que lo vomitara. Por aproximación fonética lo de griego puede que venga de los greguescos, los calzones antecedentes del pantalón de los siglos XVI y XVII. Filtrar el café con medias sería el origen entonces del nombre de la isla. Un griego (por alusión a los greguescos) sería el nombre dado al filtro que utilizaban los boticarios y, por analogía, se adaptaría al gentilicio de los habitantes de la isla, los greks. Groix, la isla de bebedores de café de calcetines.

Nacer en el medio del mar

Recorro la isla en bicicleta eléctrica. Las calles y carreteras son estrechas pero no se cruzan coches del continente en el ir y venir del paisaje espacioso, únicamente los locales circulan por estos horizontes sin obstáculos a la vista; la vegetación es tupida en sitios aislados con plantas invasoras que deben podarse regularmente para evitar daños y erosiones.

La isla comienza para el visitante por una colina extensa que lleva del puerto al centro de la ciudad, donde impera un hermoso carrusel de juguetes antiguos y una modesta parroquia coronada por una veleta en forma de atún. El pez a la altura de la cruz y encima de ella como un símbolo salvador y de aceptadas afinidades. Todo gira alrededor de esta plaza breve. La rodean cafés, una librería vistosa y pulcra que da deseos al visitante de pasearse entre sus anaqueles, y varias tiendas que venden sobre todo productos estivales para los viajeros de paso.

Una y otra vez, al circular por la isla, uno vuelve a este centro nombrado le bourg que se va apagando a la llegada del anochecer como las luces de su carrusel cuando lo abandonan las familias de la isla para recogerse en casa. A primera vista, pareciera que los veraneantes que uno se cruza por la isla son habitantes transitorios que conservan una casa familiar a la cual regresan desde el continente de vez en cuando. Al contrario de ellos, los turistas se programan una jornada intensa, y hacen el viaje de ida y vuelta el mismo día, en uno de los cinco barcos que une la isla –después de navegar unos cuarenta y cinco minutos– a la ciudad de Lorient. Esto explica la regocijante tranquilidad familiar de las noches de Groix.

Los paisajes de la isla son de una apacible belleza en su discreta soledad. Una soledad que se interrumpe cuando se llega, al terminar de subir o bajar un promontorio con el aliento quemado por un punzante sol, al centro de los pueblos que de tan pequeños son más bien aldeas: una agrupación de casas casi siempre de piedra blanca y rondadas por jardines de arbustos de irregulares tamaños y ramajes. La hierba de Groix da la impresión de estar quemada por el viento, el sol y el salitre. Se cuenta que en otras épocas las mujeres dejadas en tierra durante meses por sus maridos pescadores, se enfrentaban a la dificultad de no poder cortar suficiente leña para las chimeneas del invierno y los hornos de pan, muchas veces colectivos como los pozos de agua potable.

Groix ofrece a la vista del explorador rudos contrastes que uno termina consintiendo por las recompensas salvajes de sus parajes: la sensación de lentitud que acompañan playas arenosas aparecidas de improviso a la vista y por las cuales deambulan, sin rumbo fijo ni prisa, solitarios bañistas. Sus escasos 15 kilómetros cuadrados parecen cortados en dos segmentos, el paisaje del oeste con altos acantilados como en Pen Men apuntalados por valles profundos y el este, con bajas quebradas y playas de extensos arenales que alternan con una amplia meseta rocosa como el puerto de Locmaria.

Lo que sorprende de Groix es que esta hosquedad entre sus estrechos límites se suaviza cuando su geografía termina por convertir en paisaje secundario las asperezas. Un lugar donde se cultiva algo tan refinado como los ormeaux, unos moluscos que en español se conocen como hialóteros u orejas de mar, no puede ser considerado salvaje. Erwan Tonnere, un biólogo bretón, cultiva con pasión y parsimonia los ormeaux en exigentes condiciones, dentro de estanques con agua filtrada colocados uno tras otro en sótanos que los proteja de la luz, y con una paciencia de relojero porque debe esperar dos años para verlos crecer y venderlos a altos precios a refinados restaurantes.

Groix se enorgullece de poseer una playa de arenas rojas y la única playa convexa de Europa, la playa de Grands-Sables (extensas arenas) que se esconde detrás de una barrera baja de arbustos. Su silueta convexa puede verse desde lo alto de una de las muchas colinas de la isla. Una unión de corrientes marinas y de vientos mueven la arena hacia el oeste. Una playa que se mueve puede dar una sensación de infinito que es atípica en una isla.

Camino por la arena y penetro con la precaución de nadar entre aguas de veinte grados. Me extasío en mirar, de espaldas al mar, el arenal que se pierde de vista y más arriba la maleza que precede las ligeras colinas por donde he rodado en bicicleta. Para mí, insular del Trópico, esta es la gran paradoja de Groix; poseer en la soledad de su bretona y olvidada geografía, playas heladas con bellezas caribeñas.

La isla ha sido escrita y descrita. Groix se enorgullece de poseer a su Homero. Al poeta héroe muerto en combate y de lengua bretona. Su Ilíada se titula De rodilla, no por sumisión humana sino divina: el catolicismo bretón sólo se puede comparar a la fidelidad de sus habitantes al mar y a su lengua. “Bretaña es un paquebote al lado de uno más grande, Francia”, escribió alguna vez. Esa imagen me dibuja mejor en el cielo lo que percibo desde mi llegada a tierras bretonas varias veces al año, la de un vasto territorio bañado por el mar y la lluvia, a la vez independiente de ciertas modernidades apuradas y unido por un puente invisible a ese otro espacio nombrado Francia.

Jean Pierre Calloc’h escribió con el seudónimo de Bleimor (Lobo de mar) toda su breve obra en bretón. Lo mató un fragmento de metralla en las trincheras cercanas a Verdun un día de abril de 1917. A esos dos hechos se unió un tercero para convertirlo en un mito da la cultura bretona: nació y está enterrado en la isla de Groix.

La casa natal de Calloc’h en el pueblo de Clavezic, cercano en bicicleta del Bourg o centro de la isla, no se visita. Pero todos saben que detrás de esos muros de piedra blanco y postigos azules nació el poeta que a los catorce años recibiera la noticia de su padre pescador ahogado una noche por una ola que lo volteo mientras leía en una barca. Una erguida estatua de piedra de Calloc’h a la manera de un menhir bretón nombrado Salver er Bed (Salvador del mundo) y alrededor del cual jugaba él de niño en Kermario, aparece en la encrucijada de dos atajos.

“Me zo gañnet é kreiz er mor” (“He nacido en medio del mar”), escribió Calloc’h en su más célebre poema. La isla de bebedores de café ardiente, semejante a un menhir arenoso y fúlgido posee, en la voz moribunda y punzante de una trinchera, la historia escrita por imágenes de su más auténtica identidad, la de una lengua resucitada a pesar de siglos de tragedias y que nombra su silueta sobre el mar.

Amargo café de muerte

En una pieza de teatro policial titulada Black Coffee, la célebre Agatha Christie cuenta el envenenamiento de Sir Claude Amory, eminente físico y descubridor de un átomo secreto y codiciado, a manos de uno de los invitados a una fiesta en su mansión señorial en pleno campo. Es la primera vez, aseguran, que aparece en una pieza de teatro el célebre detective belga Hércules Poirot. Sir Claude propone que, encerrados en una biblioteca y con la luz apagada, el ladrón de la fórmula secreta la deposite de manera anónima y sin juzgamientos en plena penumbra. Al encenderse las luces él yace muerto tras haber bebido un veneno disimulado en su café. Un detalle, el titulo se traduce en español por Café solo mientras que en francés se prefiere el de Café noir.

Es el último día de mi semana en la isla y en el hotel Ty Mad. Mientras preparo en mi habitación mi maleta siento unos murmullos desacostumbrados –los bretones se caracterizan por ser personas extremadamente silenciosas– en el jardín que rodea la piscina y que yo puedo contemplar desde el balcón. La altura del segundo piso me permite, privilegiado, ver con detalles lo que escapa a la multitud que se ha precipitado a ver la escena porque un cordón de seguridad improvisado por varios policías impide el paso a la piscina.

La camarera de mi primer café en Groix, Hortensia, la chica pálida y de labios púrpuras, yace inclinada con los ojos cerrados sobre una blanca silla Mategot rodeada de hortensias azules como si fuera el modelo de un breve poema de Robert Desnos.[1] Supongo que es la fijeza de la perplejidad quien me hace escrutarla en detalle ignorando el hormigueo que se apresura en el jardín entre ruidos de voces que se convierten en unos minutos en algarabía. Aún sin decidirme a bajar percibo un hilo negruzco, que no puede ser otra cosa que café, caer de sus labios sobre el vestido de flores.

Hortensia parece dormir una siesta perturbada, a la vista de los curiosos, por esa cuerda fina de brebaje que el contraste con sus labios hace más negra, y que desvía hacia su boca la mirada de imprudentes, cuando logro llegar a unos metros de lo que ya es su cadáver. Me abro paso como puedo entre quienes se agrupan a la entrada de la piscina. Apartando hombros desconocidos puedo ver lo que busco, una taza decorada con guirnaldas, indiferente a los ojos de curiosos, abandonada sobre el plato metálico blanco de la mesa.

Puedo imaginar que durante una pausa de su ajetreada jornada Hortensia salió al jardín con una humeante taza de café en sus manos como todo grek que se respete. Empujó con suavidad la talanquera que separa el jardín de la piscina, eligió un lugar donde sentarse para beber su café –que supongo envenenado–, y se sentó a mirar el césped bajo la luz vespertina y al agua de la piscina seguramente desierta en esas horas de siesta o sobremesa.

Las preguntas que me haré mañana sentado de vuelta en un restaurante frente a la ciudadela de Port Louis donde me ha dejado de vuelta el barco de pasajeros que hace viajes constantes a la isla Groix, se fueron elaborando en mi lento regreso por el muelle con mi maleta a rastras. ¿Murió envenenada al estilo de Sir Claude Amory esta Hortensia bretona? ¿Cuál secreto de una camarera anodina puede interesar hasta la muerte a una mano discreta y letal?

—Sólo en Bretaña pueden ser azules las hortensias.

Escucho esta frase de una señora que habla a dos amigas en una mesa vecina, a la espera de un café con leche en un cafetín de marineros jubilados en el puerto de Le Bono, el pueblo bretón donde paso buena parte de mis veranos.

Mientras espero este café que sí mezclaré con leche, me pongo a hojear Ouest France, el periódico de la región. Allí aparece, en la esquina de una página interior, dispersa por el lógico envejecimiento de la noticia, una nota de la misteriosa muerte de una camarera en el Ty Mad de la isla de Groix, a causa, según la autopsia, de envenenamiento.

Al mismo tiempo que hojeo el periódico me van llamando la atención las fotos de casas acompañadas por los precios de alquiler para la próxima temporada que ilustran las publicidades estivales. Aprovecho la ocasión, mientras bebo mi café con leche, y tomo notas de direcciones y teléfonos para reservar con adelanto dos semanas en Groix el verano que viene.

Veo desfilar decenas de jardines con hortensias a mi paso en coche hacia la estación del pueblo de Auray, donde dentro de un rato tomaré mi tren de regreso a París.


Nota:

[1] “L’Hortensia: La belle est au bois dormant/Hortensia bleu/Hortensia Rouge. /La belle est au bois rêvant/ Hortensia rouge/ Hortesia rouge ou bleu/ La belle est au bois aimant/ Qui aime le mieux ?”

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ARMANDO VALDÉS-ZAMORA
Armando Valdés Zamora (La Habana, 1964). Licenciado en Filología en 1987 por la Universidad Central de Santa Clara, Cuba. Doctor por la Universidad de la Sorbona con una tesis sobre José Lezama Lima. Autor del poemario Libertad del silencio y de la novela Las vacaciones de Hegel, finalista del premio a la mejor primera novela publicada en Francia en 2003. Ha escrito numerosos artículos y ensayos sobre la literatura cubana. Trabaja como Profesor Adjunto en la Universidad de Paris XII y en la Escuela Superior de Gestión (ESG) de París.
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