Un documental sobre la culpa de ser gay en las pandillas de El Salvador

‘Imperdonable’, de la realizadora Marlén Viñayo, llegará en marzo próximo al Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana, como parte de la competencia de cortometraje.

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Fotograma de ‘Imperdonable’, Marlén Viñayo, dir., 2020

Mucho menos visibilizado que el cine de ficción –consecuencia, al menos en parte, de un mercado que continúa privilegiando este género–, el documental es una expresión audiovisual sumamente singular, en la que se transparenta también la calidad estética del cine que se produce hoy en América Latina. Desde luego, el relieve del documental no proviene sólo de la profundidad gnoseológica con que este se aproxima a los convulsos contextos de nuestra geográfica política, social, económica, cultural –propiedad del género que se ha potenciado en las últimas décadas–, sino también de su gramática que se libera de una serie de formalizaciones que frenaban la emergencia de voces y las subjetividades de los realizadores como mediadores entre el mundo y su representación. El documental ha llegado a ser una herramienta de investigación esencial, un mecanismo de exploración cultural que da cuenta de las complejidades de la sociedad y la vida contemporánea, pero su verdadero relieve estético emana, primero, del fervor con que reinventa sus cualidades expresivas y sus códigos estructurales y narrativos.

Precedido por un amplio número de galardones –Mejor cortometraje en el Festival Internacional de Cine Documental de Ámsterdam, en el Hot Docs de Canadá, en el Festival Internacional de Cine de Guanajuato…– llegará en marzo próximo al Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana, como parte de la competencia de cortometraje, Imperdonable, un documental dirigido por la realizadora Marlén Viñayo, que ejemplifica, con total elocuencia, el potencial discursivo y estético de este género.

Imperdonable es un testimonio impactante acerca de la vida de un grupo de pandilleros encarcelados en una prisión de El Salvador. El filme se centra, temáticamente, en retratar a un individuo en particular, Giovanni, quien decidió, junto a su pareja, asumir abiertamente su homosexualidad en ese ambiente machista y violento; un ambiente donde la mínima violación de los códigos de la masculinidad (y de la estricta ética que rige a las pandillas) se paga con la muerte.

Pero si la visión de la directora se enfoca en explorar las implicaciones que tiene la homosexualidad en ese entorno y el modo en que afecta a estos individuos –Giovanni y su novio no son los únicos gays de la prisión–, la contundencia del documental radica en la elocuencia de la estructura narrativa y las pautas expresivas fomentadas. El registro instrumentado argumenta la complejidad ética y caracterológica de estas personas y del espacio que los acoge. La trama de Imperdonable trenza, en su observación de estas vidas, una multiplicidad de factores que influyen en la conformación de sus identidades: la religión, el analfabetismo, la pobreza, la marginalidad. Y se consigue todo esto con un mínimo de intervención de la voz autoral. El filme se limita a contemplar la cotidianidad y las rutinas de los prisioneros y a recoger algunos testimonios suyos, lo cual logra, sin embargo, revelar muchísimo sobre su mundo, su imaginario y su pensamiento.

Cuando el documental comienza, vemos una sucesión de planos cerrados sobre los cuerpos y los rostros profusamente tatuados de algunas personas; vemos planos del espacio hacinado y de poca higiene donde estas personas se encuentran casi unas sobre otras. Pasados unos minutos, un cuadro en negro informa: “Durante tres décadas, dos pandillas rivales han librado un sangriento conflicto en El Salvador: La Mara Salvatrucha 13 (MS) y el Barrio 18. Esta guerra informal convirtió a El Salvador en uno de los países más violentos del mundo”.

De inmediato, pasamos a los comentarios de Giovanni, que cuenta cómo se unió a la pandilla siendo un adolescente aún, en la que encontró un espacio de reconocimiento, y cómo para él asesinar se convirtió en una mera diversión, “en un deporte”, según sus propias palabras. Narra que, en cierta ocasión, en un estado casi de trance, llegó a comerse el corazón de una de sus víctimas. En medio de estos testimonios, confiesa: “Yo pienso que matar a una persona es malo, pero no es tan difícil. Pero amar a otro hombre, que un hombre pueda amar a otro hombre, es algo fuera de lo natural”. En ese cruce de violencia, muerte y homosexualidad se halla condensado el núcleo del discurso en que se sumerge Imperdonable. Giovanni se siente culpable por ser gay, lo que lo convierte en un proscripto dentro de la propia cárcel y al interior de las pandillas.

Sobre la propia institución penitenciaria, un cartel apunta: “El penal de San Francisco Gotera en el oriente de El Salvador, fue destinado exclusivamente para albergar miembros de pandillas. En 2017, casi la totalidad de los reos se convirtió al cristianismo y se retiró de la pandilla. En la actualidad, todos los sectores de la prisión están controlados por iglesias evangélicas. Salvo el pequeño sector de aislamiento, en el que un grupo de internos viven encerrados las 24 horas del día por diferentes motivos”. Imperdonable presta especial atención a ese ambiente acentuadamente cristiano en que vive sumida la prisión, una estrategia que persigue expurgar sus culpas, que, por supuesto, acentúa el rechazo hacia los pandilleros homosexuales.

Frente a ese tenso entramado ético se posiciona Marlén Viñayo, y obtiene una rigurosa reflexión acerca de la condición humana. Giovanni explica que es más fácil expurgar, por medio de la religión, su condición de pandillero que sacar de sus entrañas la homosexualidad. Él vive su condición homosexual como culpa y penitencia. No obstante, a cada oportunidad, declara su amor por su pareja. Recuerda que le dijo cuando se conocieron, mientras se besaban cerca del resto de los miembros de la pandilla: “si nos matan que nos maten por amor”.

¿Es Giovanni una víctima? La directora no ejerce juicio de valor alguno, ni justifica nunca a este individuo ni a ninguno de los prisioneros que tienen voz en el documental. Imperdonable ausculta esta experiencia y extrae de ella una metáfora de la degradación existencial de nuestras realidades. Con una visión descarnada, que sabe que basta la observación de ese mundo atroz para aprehender su complejidad, esta película plasma una arista prácticamente inadvertible del discurso ético-cultural que ocupa el seno de estas pandillas.

En términos de lenguaje, el documental opta por una visualidad naturalista que procura siempre extraer un alto valor simbólico de la imagen. Al fijar en el plano los sermones religiosos, la aspereza de las celdas, los tatuajes que cubren los cuerpos de los reclusos o las caricias de Giovanni y su novio, el filme siembra elocuentes argumentos acerca de estas vidas. La fotografía es bastante física, capta la escatológica atmósfera de la cárcel y la violencia de los pandilleros en sus propios cuerpos, y hace de las imágenes sustitución pronominal de la sensibilidad que se cuece en ese entorno.

La acumulación de información sobre los conflictos y contrariedades, angustias e ideas de estos sujetos son el vector de progresión dramática del documental, direccionada temáticamente a través de la voz de Giovanni y puntuada por un inteligente montaje que sostiene el crecimiento narrativo y logra dar una favorecedora movilidad espacial a la puesta en escena.

Marlén Viñayo dirigió un documental límpido, sin demasiados juegos de artificios o giros retóricos, pero de una organicidad en el ensamblaje de sus códigos y de una precisa gradación en el diseño narrativo –dosificación de la información, coherencia entre exposición y manejo temporal, control del punto de vista, uso de estrategias de persuasión…– que evidencia madurez e inventiva fílmica.

Imperdonable es un documental contundente, que desnuda cualquier preconcepción sobre ese mundo hacia el que mira. El aluvión de interrogantes que lanza a los espectadores habla de su pertinencia y de la argucia de su directora para escrutar la realidad que se escapa a nuestros ojos.

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ÁNGEL PÉREZ
Ángel Pérez (San Germán, Holguín, Cuba, 1991). Licenciado en Historia del Arte. Artículos y ensayos suyos aparecen en libros, antologías y publicaciones periódicas nacionales e internacionales. Compiló y prologó con Javier L. Mora, Long Playing Poetry. Cuba: Generación Años Cero (Editorial Casa Vacía. Richmond, Virginia, 2017) y con Jamila Medina, Pasaporte. Cuba: poesía de los Años Cero (Editorial Catafixia, Guatemala, 2019). Ha obtenido los Premio Caracol de crítica y ensayo cinematográficos de la UNEAC (2017 y 2019), el Premio Internacional de Ensayo de la revista Temas (2019), además de la Beca de Creación Dador (2018) y el Premio Pinos Nuevos de Ensayo (2020), ambos otorgados por el Instituto Cubano del Libro. Es programador del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano. Integra el staff de Rialta.
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