‘Los colonos’, de Felipe Gálvez, un filme sobre el genocidio de los pueblos nativos de Chile

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Fotograma de ‘Los colonos’, Felipe Gálvez, dir., 2023.
Fotograma de ‘Los colonos’, Felipe Gálvez, dir., 2023.

Es totalmente comprensible que Los colonos (2023), ópera prima del director chileno Felipe Gálvez, haya tenido su estreno internacional en el Festival de Cannes. La película no sólo está espléndidamente realizada –califica como una demostración de sabiduría fílmica y cultura cinematográfica–; también resulta una metáfora, tan fascinante como perturbadora, de la Historia latinoamericana.

Los colonos compite en el escenario fílmico actual por ser la película más relevante arrojada por América Latina en 2023, un año en que la región ha presentado títulos tan brillantes como Eureka (Lisandro Alonso), Los delincuentes (Rodrigo Moreno) y El auge de lo humano 3 (Eduardo Williams).

Felipe Gálvez se ocupa en Los colonos del genocidio de los pueblos nativos de Chile a principios del siglo XX. El filme se presenta como una revisión histórica de ese atroz evento, intrínseco al proyecto de modernización no sólo de su país, sino de todo el subcontinente, y alrededor del cual se forjaron varios de los estados naciones del área. Mas la narración no consuma una simple recreación epocal que se embriaga con las matanzas y el hostigamiento a los pueblos originarios de la Patagonia chilena, aunque, ciertamente, la descripción circunstancial resulta uno de los aspectos mejor instrumentados por la realización; tanto, que la dirección de arte y la puesta en escena, secundadas por la plasticidad y el tono sombrío de la foto, trascienden su funcionalidad narrativa hasta adquirir una extraña distinción expresiva.

En esa mirada lanzada por el realizador al exterminio de las tribus Selk’nam no importa tanto facetar el proceso colonizador como distinguir las relaciones de poder que lo constituían y sus múltiples capas de violencia. Ese propósito es resuelto con absoluto ingenio en el planimétrico diseño narrativo. Con el punto de vista colocado del lado de los victimarios, el relato progresa a partir de un viaje de exploración y caza emprendido por tres personajes: el teniente inglés MacLennan, el mercenario texano Bill y el mestizo chileno Segundo, todos contratados por el terrateniente español José Menéndez para abrir una ruta comercial desde sus propiedades, en medio de la Tierra del Fuego, hasta el océano Atlántico.

El viaje es el vehículo para exponer la hegemonía, la represión y el terror que estructuraban ese paisaje histórico y definían la posición de las personas en el mismo. Gálvez se apropia de estilemas expresivos del western no sólo para dinamizar la narración, sino porque la artificialidad compositiva del género, entre otras cosas, favorece el criterio de caracterización de personaje que a él parece interesar. Ni el señor Menéndez, ni MacLennan, ni Bill, ni Segundo importan por sus meditaciones existenciales o crisis afectivas, por sus interioridades o subjetividades, importan por el lugar ideológico/de clase que ocupan en el entramado histórico que se retrata.

Paradójicamente, en una genuina ostentación de ingenio, la topografía del western codifica la inmersión del filme en la Historia. Gálvez jugó con los códigos del western en Los colonos al igual que Lisandro Alonso en Eureka; dos películas que este año, por casualidad, se ocupan de la suerte de las comunidades originarias tras el embiste de la modernidad capitalista.

Barrer con los nativos que obstaculizan la expansión del negocio de Menéndez supone para los tres personajes arquetípicos una inmersión en las fauces del infierno. Ese es el clima en que se cuece la travesía, segmentada en capítulos que no interrumpen la continuidad de la trama, nomás desplazan el foco de atención de un personaje a otro. Destacar los caracteres en medio de situaciones específicas favorece una tesis que recorre todo el filme: la categórica otredad de los nativos, desvalorizados como seres humanos, calificados como bárbaros y animalizados es llevada adelante por los integrantes de esa intrincada cadena de mandos y subordinaciones que anudó la modernización de aquella geografía.

Cada accidente argumental en la película desnuda la inhumanidad de ese régimen “civilizatorio” que justificaba éticamente la erradicación de los habitantes originarios al privarlos por completo de subjetividad.

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Hay un momento en que el terrateniente Menéndez confiere la misión que MacLennan tendrá que cumplir junto a sus dos acompañantes. En ese instante queda ya delineado el pensamiento perverso del colonizador según el cual la prosperidad chilena sólo era posible bajo la eliminación de la mala yerba (los nativos), que dificultaba el crecimiento económico. “¡Que la limpies!”, grita iracundo Menéndez a MacLennnan. En el agreste paisaje de clima áspero que se divisa cuando el terrateniente da la orden de partida, registrado en dilatadas panorámicas cuajadas bajo un criterio visual de estirpe romántica, ya se advierte la brutalidad del empeño, la crudeza de la contienda.

En lo adelante, el director dibuja, junto a la red de poder de ese tiempo remoto, las capas de violencia que lo acompañaban. El primer encuentro de los jinetes, tras su partida, no es con los indígenas, sino con una cuadrilla de militares argentinos en la frontera entre este país y Chile. En un tono a ratos jocoso, aunque siempre tenso, una serie de conversaciones, juegos, peleas, grafican con elocuencia la banalidad de la violencia, la irracionalidad del pensamiento militar que no sabe a ciencia cierta sobre qué bases erigir la nación. En este pasaje queda graficado perfectamente cómo las culturas originarias revestían una nula importancia al momento de la repartición de las tierras. En esa tropa –un seductor guiño de la realización–, el director argentino Mariano Llinás encarna a un científico que antepone su razón a la de los militares, para al cabo aceptar su derrota; se le escucha decir: “¡Un hombre de ciencia y veinte militares! Militares que se aburren. Nada bueno puede pasar cuando los militares se aburren”.

Más adelante, cuando la división capitular llama la atención sobre el personaje de Segundo, tiene lugar el fragmento más explícitamente violento y quizás el de mayor impacto cinematográfico. El tono general de la cinta se ensombrece más. Entre una vegetación semidesértica, envuelta en una incómoda neblina, contemplamos el ritual de la masacre, la caza de los nativos como si de bestias se tratase. La imagen, de un elocuente tenebrismo gótico (fría, fantasmal), pautada por una banda sonora que alterna entre los gemidos de los personajes, el sonido sordo de los disparos y el vacío del silencio adquiere, durante esa secuencia, un aliento capaz de alegorizar la idea de la colonización como una inmersión en las tinieblas.

La secuencia más aterradora es aquella en que Segundo es forzado por MacLennan a poseer a una mujer que han dejado con vida justo para satisfacer sus apetitos sexuales. “El mestizo” se coloca frente al cuerpo sollozante y moribundo de la joven, ubica las manos en su cuello y la asfixia. Además de la pericia con que Gálvez maneja los códigos (foto, montaje, actuación, puesta) en que se manifiesta la violencia, la escena alcanza a representar el único camino de expurgación que encuentra Segundo para el insoportable flagelo sufrido por los suyos. Conferir la muerte a esa mujer es aceptar su propia muerte subjetiva y participar de las órdenes del poder, o sea, encubrir su impotencia.

El último capítulo del filme trascurre siete años después del viaje de exterminio emprendido por los tres jinetes. En Punta Arenas, el señor Menéndez es visitado en su residencia por un funcionario del gobierno. Su objetivo es discutir con el terrateniente la necesidad de acabar con la masacre indígena, pues deben ser incorporados a la nación, que pronto celebrará sus primeros 100 años. No puede haber enriquecimiento a costa de derramar tanta sangre, opina este hombre. El intercambio entre el funcionario, la hija de Menéndez, un cura que se encuentra allí de visita y el propio hacendado describe con tamaña elocuencia la lógica del intercambio entre poder económico y político, entre los intereses materiales de unos y el programa ideológico de otros.

Dice la hija de Menéndez al funcionario: “Hemos matado a un montón de salvajes y lo vamos a seguir haciendo si es que fuera necesario. Mientras ustedes siguen con su politiquería en el norte, nosotros trabajamos. Mi padre pierde un año de vida en cada viaje de negocios para impulsar el desarrollo de estas tierras. Gracias a nuestros esfuerzos, gracias a esos indios muertos, […] hemos podido alimentar a un montón de niños que se pasean descalzos por las calles mugrosas de la capital”.

Casi al terminar el filme, Vicuña visita a Segundo y Rosa, su compañera, que se han instalado en una precaria cabaña a la orilla del mar, con el propósito de investigar la verdad sobre los hechos que se le imputan a Menéndez. Ambos “mestizos” son sentados fuera de la vivienda, perfectamente ataviados de blanco y con el té servido en una mesa, para ser fotografiados para la prensa. En el plano con que cierra Los colonos, Vicuña le insiste a Rosa para que coja la tasa de té, pero ella se resiste. Molesto, el funcionario espeta: “Rosa ¿usted quiere o no quiere ser parte de esta nación?”. Su pertenencia a la nación depende, de cualquier modo, de una decisión del poder, del poder que encontró como salida a sus propias desproporciones el blanqueamiento de la memoria, visible en esa “elegante” imagen que la fotografía quiere inmortalizar.

¿Fueron alguna vez inscritos los nativos al proyecto de civilización y progreso? Gálvez grafica toda esa anomalía histórica para inquirir un presente hipócrita que parece preferir olvidar. Ese pasado tan elocuentemente argumentado por el debutante realizador chileno golpea nuestro presente; el tráfico con su olvido, como hace la fotografía para la prensa que toma Vicuña de Salvador y Rosa, es responsable de la continuidad de ese orden político en la actualidad.

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Ángel Pérez (Holguín, Cuba, 1991). Crítico y ensayista. Compiló y prologó, en coautoría con Javier L. Mora y Jamila Media Ríos, las antologías Long Playing Poetry. Cuba: Generación Años Cero (Casa Vacía, 2017) y Pasaporte. Cuba: poesía de los Años Cero (Editorial Catafixia, 2019). Tiene publicado el libro de ensayos Las malas palabras. Acercamientos a la poesía cubana de los Años Cero (Casa Vacía, 2020). En 2019 fue ganador del Premio Internacional de Ensayo de la revista Temas, en el apartado de Estudios de Arte y Literatura. Textos suyos aparecen en diversas publicaciones de Cuba y el extranjero. Vive en La Habana.

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