¿Por quién dobla la campana de ‘Mafifa’?

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Escena de ‘Mafifa’ (2021), de Daniela Muñoz Barroso
Escena de ‘Mafifa’ (2021), de Daniela Muñoz Barroso (IMAGEN Cortesía del IV Festival de Cine INSTAR)

Según confiesa al inicio de su segundo largometraje, Mafifa (2021), Daniela Muñoz Barroso está aquejada de una “hipoacusia bilateral progresiva” que le impide percibir los tonos agudos del mundo, justo como los que emanan de las “campanas” en las congas tradicionales de la ciudad de Santiago de Cuba, cuyos fragores punzantes doman y encauzan las reatas de tambores, sus estampidas graves, hacia rumbos no precisados pero contantes. Pues en la conga solo importa el movimiento, el avance. Es un perpetuum mobile de sonido y furor que viaja hacia sí mismo en la más absoluta y urobórica autosuficiencia.

Gladys Esther Linares, más conocida como Mafifa, es considerada por los devotos de la conga santiaguera como la “campanera mayor”, objeto de culto, veneración y mito desde su repentina muerte en 1980, justo al borde de los carnavales de ese año, mucho antes que naciera la propia realizadora.

Pertenece a un tiempo antes del tiempo de Daniela. Es una presencia en fuga hacia el pasado que deja una estela aún perceptible, pero en ineluctable desmoronamiento; justo como las pocas fotos borrosas y quebradizas que algunos de los testimoniantes extraen de astrosos álbumes y precarios archivos personales. Las pupilas que la vieron viva están ajadas y empañadas. Los periódicos que refieren algo de su vida y de su muerte se quiebran al menor roce.

Cartel de ‘Mafifa’ (2021), de Daniela Muñoz Barroso
Cartel de ‘Mafifa’ (2021), de Daniela Muñoz Barroso (IMAGEN Cortesía del IV Festival de Cine INSTAR)

Lo material escora y se va a pique en las aguas del olvido. Los sonidos gestados por Mafifa en las congas nunca fueron grabados, y sus ecos van apagándose en las memorias de quienes los escucharon alguna vez. Quizá, más que el tintinear metálico, recuerdan la impresión que este les causó. El sonido convertido en sentimiento; una operación de pura alquimia emocional. Mafifa también es una sensación, un estado del ser que hace brillar los ojos de los entrevistados ante la cámara de Muñoz Barroso, y una fuerza que invocaba su discípulo más fiel cuando se sentía flaquear en medio de la conga. Es un grito poderoso y vigorizante. Una ausencia densa. Un elemento integrado al aire que respiran todos los que viven para y por la conga.

Mafifa se mantiene siempre a un campaneo agudo de distancia de Daniela, quien todo el tiempo se empeña en bordear esa frontera biológicamente infranqueable para descubrir y entender a la mujer de carne y hueso que reinó sobre un paraje casi exclusivo de los hombres. Una papisa irrepetible que dejó huellas dispersas, de aleatoria coherencia, en un mundo ya también incapaz de escucharla.

El retrato de la campanera que consigue la película es tan complejo como fragmentario, dislocado, trunco. Se mixtura y completa con el que, simultáneamente, la propia Daniela Muñoz Barroso va tejiendo de sí misma como sujeto también fragmentario, en pugna con las deficiencias perceptivas que condicionan su diálogo con el mundo y la desafían a reimaginar lo silenciado a través de una mirada confesional, que a su vez incita a una fotografía de primeros planos, planos detalle, encuadres angostos, fijeza inestable. La joven cineasta se aleja significativamente de su previo documental, ¿Qué remedio? La Parranda (2017), en el cual, para investigar sobre otra de las tradiciones festivas cubanas más arraigadas, las Parrandas de Remedios –en el centro del archipiélago–, optó por una fotografía mucho más funcional, expositiva, que velaba y protegía las vulnerabilidades íntimas que en Mafifa se convierten en esencia.

Como sospecha que la totalidad del mundo resulta para ella aún más inatrapable, Muñoz Barroso se aferra a los detalles, y los expande, los agiganta en cada fotograma, concentrándose en leerlos como posibles agüeros, símbolos que encierran verdades universales, mapas condensados del pasado y el futuro, canales expeditos para acceder al Universo. De lectora de labios –para adivinar las palabras que vadean su campo auditivo–, se vuelve descifradora de rostros, de caligrafías gestuales, de signos corporales. Su vista está entrenada en la decodificación de sutilezas.

Los rostros, los cuerpos y los espacios, captados siempre con encuadres muy cerrados, invitan a mirar como mira Daniela Muñoz Barroso, a entender su mirada, su idea del mundo; pero a la vez convidan a explorar las tramas más leves y secretas de la realidad, a entrenar la sensibilidad, a trascender superficies, a suprimir sentidos físicos para ceder paso a la percepción extrasensorial, al tercer ojo.

Cuando le presentan el primer retrato de la campanera legendaria, Muñoz Barroso echa el lente sobre la fotografía de difuso blanquinegro –probablemente una copia de una copia, o una ampliación de una copia de una foto pequeña–, quizá con el instintivo impulso de leer sus labios, para percibir el llamado silencioso que Mafifa parece a punto de hacerle desde el pasado. Asistimos entonces a un momento casi místico, donde se sublima todo el discurso de la película.

Mafifa es también uno de estos canales de naturaleza misteriosa e inaprensible riqueza simbólica a través de los que la película busca acceder a un tercer ámbito mucho más relacionado con ¿Qué remedio?…: la indagación antropológica sobre la conga santiaguera y sus estratos paroxísticos, catárticos, trágicos; sobre sus efectos en esos individuos que, según ciertas perspectivas costumbristas, ya complacientes, ya despreciativas, tienden a diluirse en una masa despersonalizada, en el jolgorio amorfo con actitud de colmena, en un sujeto colectivo y unívoco.

En su (saludablemente) empecinada brega contra los planos generales, que para ella terminan representando la incomunicación y la ininteligibilidad, Daniela Muñoz Barroso se dedica a desmenuzar una conga en rostros particulares, a mirar a los ojos, a leer los mapas faciales y revelar secretos posibles. Nicolás Guillén Landrián (En un barrio viejo de 1963; Los del baile de 1965), y sus reflexivas deconstrucciones/cartografías de los grupos cubanos más humildes, gravita sobre ella como otro espíritu tutelar, aparte de Mafifa. El rostro estridente de mujer en que se congela el plano del título de Memorias del subdesarrollo (Tomás Gutiérrez Alea, 1968) está por aparecer de un momento a otro. ¿Y dónde está Mafifa? ¿Dónde está Daniela?

Escena de ‘Mafifa’ (2021), de Daniela Muñoz Barroso
Escena de ‘Mafifa’ (2021), de Daniela Muñoz Barroso (IMAGEN Cortesía del IV Festival de Cine INSTAR)

Como parte de la programación del IV Festival de Cine INSTAR, Mafifa estará disponible para los públicos cubanos el martes 5 y el domingo 10 de diciembre, a las 7:00 p.m., en la plataforma online Festhome. Asimismo, la película se proyectará el viernes 8 de diciembre en la Zumzeig Cinecooperativa de Barcelona, España, mientras que el sábado 9 está programada su exhibición en el Centro Cultural General San Martín, en Buenos Aires, Argentina.

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ANTONIO ENRIQUE GONZÁLEZ ROJAS
Antonio Enrique González Rojas (Cienfuegos, 1981). Periodista y crítico de arte. Textos especializados suyos aparecen en publicaciones como La Gaceta de Cuba, Cine cubano: La pupila insomne, El Caimán Barbudo, Hypermedia Magazine, Altercine (IPS Cuba), Cine Cubano, Esquife, Noticias de Arte Cubano, Bisiesto (Muestra Joven ICAIC), Enfoco (EICTV), la revista del Festival de Cine de La Habana, y otras. Ha sido guionista de varios programas televisivos especializados en audiovisual como Lente Joven, Banda Sonora e íconos del celuloide. Ha integrado jurados de la prensa en eventos como el Festival de Cine de La Habana. Ha publicado libros de ficción y crítica de cine, entre los que se encuentran: Voces en la niebla. Un lustro de cine joven cubano (2010-2015) (Ediciones Claustrofobias, 2016) y Tras el telón de celuloide. Acercamientos al cine cubano (Editorial Primigenios, 2019). Un tercer volumen titulado “Críticas, mentiras y cintas de video” está en proceso de edición.

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