‘El niño de goma’, una de las producciones independientes cubanas que estrena el Festival de Cine de La Habana

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‘El niño de goma’, Marcos Díaz, dir., 2020

El impulso que mueve a los directores cubanos más jóvenes a escindirse de las pautas trazadas por determinada historia cinematográfica nacional y a practicar nuevas relaciones con la tradición es el mismo que condiciona en ellos un discurso crítico interesado en explorar zonas complejas de la realidad contemporánea insular.

Lo certifica, por ejemplo, El niño de goma (Marcos Díaz, 2020), una de las producciones independientes incluidas en la programación oficial de la edición 42 del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano, que estará celebrando su primera entrega entre los días 3 y 13 de diciembre. La segunda, donde se podrán apreciar las obras seleccionadas para concurso, se realizará del 11 al 21 de marzo del 2021, un cambio en el diseño habitual del certamen como consecuencia de la situación epidemiológica generada por la Covid-19.

Quisiera llamar la atención especialmente sobre el cortometraje El niño de goma, producido por Estudio ST, uno de los proyectos que mayor impulso está dando en estos momentos al cine cubano que no participa de las lógicas productivas mainstream, mientras tanto, evidencia uno de los caminos más audaces tomado por la creación independiente.

En El niño de goma, un matrimonio, evidentemente de una posición económica privilegiada –según nos deja saber la dirección de arte y la puesta en escena–, regresa a casa en su auto en plena madrugada. Luego de sufrir un choque repentino, sospecha haber atropellado a alguna persona, razón que lleva a la mujer a retornar hacia el lugar del accidente para corroborar lo sucedido. Allí se encuentra con un joven tendido en el piso. Para su sorpresa, el muchacho está vivo, así que le proponen llevarlo a su casa, después de que él se negara a ir a un hospital.

Este es el detonante argumental de una inteligente inmersión –desde el punto de vista cinematográfico, fundamentalmente– en el abismo existente entre un grupo de personas que gozan de beneficios económicos y otros que viven confinados a una extrema marginalidad económica y existencial en la Cuba actual.

El tono medio farsesco implementado en el diseño del personaje del muchacho –en la caracterización física (el vestuario, el color del pelo, la pintura en las uñas), pero sobre todo en el lenguaje, en la jerga en que habla– contribuye esencialmente a subrayar el cosmos de valores éticos y el imaginario existencial de cierta juventud cubana presa en los márgenes de una ciudad que la excluye, una juventud que ni siquiera alcanza un alto nivel educacional dada la urgencia de la supervivencia material.

A propósito, el sueño de este joven de viajar a Inglaterra para participar en un concurso de jardinería es una sutil ironía que describe el desface entre sus aspiraciones y la vida que le ha tocado. La violencia de su lenguaje, la incomunicación con su madre, su preocupación por el estado del celular antes que del suyo propio luego del accidente son actitudes que evidencian el pulso de esta existencia marginal, no sólo desde el punto de vista financiero, sino etario.

Pero menos impactante sería el registro de la personalidad de este individuo si no estuviera contrastada con el comportamiento del matrimonio que lo lleva de regreso a casa. Son ellos los verdaderos protagonistas de este filme, en la medida en que el discurso se enfoca en desnudar su ignorancia cómplice de ese otro mundo que se despliega ante sus ojos. El recorrido que va de la ciudad a las afueras de esta, donde vive el muchacho atropellado, es para ellos un viaje de descubrimiento. Según van abandonando el entorno urbano, se adentran en una periferia citadina que los sumerge en un espacio social precario, en el que el estado físico de las casas habla ya sobre el mundo de la gente que las habita.

El juego entre ficción y mundo social, entre estereotipo y realidad, le permite a Marcos Díaz trazar una parábola sobre las crecientes diferencias de clases en la Cuba contemporánea. Como mínimo, describe elocuentemente las diferencias económicas ente un sector favorecido y otro relegado al abandono social. El niño de goma mira hacia la manera en que se redefine hoy el país al otorgar posiciones de mayor ingreso y de mejor acceso a la cultura a determinados individuos, mientras otros se encuentran en posiciones de exclusión cívica.

En este sentido, resulta relevante que el muchacho condenado a la pobreza sea negro, puesto que, de este modo, se vuelve a acusar la estratificación y segregación social a que continúan siendo sometidas estas personas por el sólo color de su piel. Marcos Díaz está advirtiendo la persistencia de cierto racismo estructural que pesa sobre la sociedad cubana y que polariza cada vez más las condiciones y modos de existencia.

El niño de goma es un ejemplo elocuente de la madurez que han alcanzado los cineastas cubanos en el arte del cortometraje. Más que en una alternativa, el formato corto se ha convertido en una poética. Sin dudas, uno de los méritos de esta película se encuentra en la certera escogencia del argumento y su precisa elaboración dramática dentro de los códigos del cortometraje. Junto a una efectiva síntesis narrativa –que obliga a subordinar casi por completo el discurso a rublos como la dirección de arte–, específicamente destaca acá el modo en que Marcos Díaz entrelaza una serie de sucesos mínimos para conseguir un crecimiento gradual y potente del conflicto. Es apreciable el cuidado de la exposición para potenciar el estado emocional de los personajes; el cuadro fotográfico ocupa el tiempo preciso para que se respire la tensión existente entre ellos, entre los mundos tan diferentes que representan.

Además de la licencia poética relacionada con la resistencia corporal de este joven –“estoy en talla”, dice él cuando le preguntan por su estado tras el atropello–, en esta película los recursos expresivos están enfocados en pautar el relato y en contribuir a la narración. Más que en conseguir un estilo, Marcos Díaz parece interesado en el impacto de la anécdota. Cuando el matrimonio regresa del barrio donde vive el joven, ninguno de los dos es la misma persona, su visión de la realidad es otra; lo dicen sus miradas, aturdidas por el impacto de lo real.

Este director ha consumado una suerte de alegoría sobre dos perfiles que comienzan a definir una imagen de Cuba. En el acentuado contraste ente el mundo de uno y otros –muy bien resuelto esencialmente en la caracterización de los personajes– tiene El niño de goma su mayor audacia; en apenas unos minutos, se logra una profundidad discursiva extraña a este tipo de material. Sin demasiada gravedad expresiva, este filme demuestra, una vez más, la potencia con que las voces del cine cubano independiente se asen a la Cuba de hoy.

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Ángel Pérez (San Germán, Holguín, Cuba, 1991). Licenciado en Historia del Arte. Artículos y ensayos suyos aparecen en libros, antologías y publicaciones periódicas nacionales e internacionales. Compiló y prologó con Javier L. Mora, Long Playing Poetry. Cuba: Generación Años Cero (Editorial Casa Vacía. Richmond, Virginia, 2017) y con Jamila Medina, Pasaporte. Cuba: poesía de los Años Cero (Editorial Catafixia, Guatemala, 2019). Ha obtenido los Premio Caracol de crítica y ensayo cinematográficos de la UNEAC (2017 y 2019), el Premio Internacional de Ensayo de la revista Temas (2019), además de la Beca de Creación Dador (2018) y el Premio Pinos Nuevos de Ensayo (2020), ambos otorgados por el Instituto Cubano del Libro. Es programador del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano. Integra el staff de Rialta.

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