Soleida Ríos

A la memoria de Sigfredo Ariel

A las aguas al sur del Pacífico les nació una isla. Salió de un volcán submarino y, a diferencia de apariciones semejantes, sigue allí. Las olas y lluvias amenazan borrarla, pero, mientras, sus farallones se han ido haciendo verdes, se le posan pájaros y le han salido flores. Algunos científicos ya la han explorado: bajo musgos y bosques, una superficie granulada y viscosa que no comprenden. Esta isla de apenas seis años y de nombre Hunga Tonga me ha hecho pensar en un libro de Soleida Ríos, en cierto lugar que allí se cuenta.

Libro cero (Letras Cubanas, La Habana, 1998), testimonio oblicuo de los enjambres de escritores ágrafos criados en las Casas de Cultura y predios afines, adquirió su título de un burócrata rechoncho y entusiasta de las Oficinas de Derecho de Autor a donde –leemos en el prólogo– Soleida Ríos Sores, la compiladora, no la escritora, había ido a inscribirlo. Por varios años, y hasta llegar a las manos de Martínez Hijuelos, aquel proyecto de libro se había llamado “Ofir” y había sido el depositario –como seguiría siéndolo– de “la única obra de la muy célebre Aurora Sores y Sores, natural de Placetas”. Los mapas; la relación de sueños contados por Aurora y recogidos, ahora sí, por la escritora Soleida Ríos; el carácter testimonial y fantasioso de su “Diccionario completo” de menos de treinta términos, o la receta para hacer un buen Arroz Aroma, además de aquella greña de autora, compiladora y testimoniante, debieron ser suficientes para que Martínez Hijuelos –afrancesado por anquiloglosia o frenillo corto– soltase ante la copia de “Ofir” todas las vacilaciones que suelen despertar, no siempre con el mejor resultado, los compendios de tradiciones orales y relatos catalogados de folklóricos o que propiamente lo son: “¿Hay aquí un autorr? ¿Hay aquí un génerro? ¿Un arrgumento, una filosofía, una escriturra…?”, cadeneta de erres que dejaba otra de negaciones. “¡Nada de nada!” Pero qué podía ser la Nada en la oficina de aquel Martínez Pródigo-de-hijos sino hallazgo y promesa, de modo que poseído por un tal Pierre Casterneaux, “el adalid de la Ley Oral”, le dio un valor muy distinto a su conteo de carencias:

Otrro rrehusarría todo este valioso materrial… Sin embargo, he aquí el Librro, el Librro Cerro, la prrimera sefirrá, la vasija a la que se le atrribuirrá desenvolvimiento, emanación y evolución de algo de la Nada, y cuyo semblante ya veo rrelucirr en el plano de la más alta rrealidad…”

[…]

Porrque no serrá éste un rreceptáculo del placerr sin la luz, que es el gozo perrdurrable… Como antaño fue otorrgado perrmiso a Rrabí Shimón para que escrribierra el Librro del Esplendorr, así sello y justifico (pone ambos puños cerrados, uno sobre el otro, sobre el libro que descansa en el buró) el inicio del viaje de este librro…

No ha terminado de hablar Pierre Casterneaux por Martínez Hijuelos y ya “Ofir” ha dejado de llamarse “Ofir” para comenzar a ser Libro cero. Tenemos así un acuñador de autores suplantado en autoría, una compiladora que parece ser la autora pero que es una compiladora, y un libro que ha perdido su título en el santiamén de un frenético elogio. Copia en mano de Libro cero, la compiladora salió presurosa de allí sin dejar de reparar en unas palabras que alguna vez Aurora le había dicho: “Estás en una ciudad donde todo el mundo tiene su doble”. Con esto en mente, y por no llegar ni muy temprano ni muy tarde a la Editorial H, también tuvo que vérselas con los dos editores, el saliente y el entrante, en una misma persona. Libro cero venció allí todas las pesquisas, aunque con ciertas observaciones y salvedades: “una marcada tendencia hacia la metafísica”, “un libro que a pesar de todo puede provocar la risa, es sano para las mentes y como un bálsamo para las conciencias” y, por último, sin embargo, el imperativo de suprimir las páginas 23, 24 y 25 del “Diccionario completo” pues –dijo el editor siamés– “esa risa, sépalo usted, sí no es buena”.

Con el “Diccionario completo” un poco recortado y con una década de tardanza (por “escamoteos, desidia, ineptitud, rivalidad y otras tantas perversiones y calamidades del más diverso tipo”), esbozado o procurado por Aurora Sores y Sores, y compilado por Soleida Ríos Sores, se publica en 1998 Libro Cero de Soleida Ríos; ameno, risueño, y de una brevedad extraña, pues contiene, aunque de elusivos contornos, todo un país. En alguno de sus mapas, como tachuelas, las sillas giratorias de Martínez Hijuelos y las de los editores simultáneos.

Para José Kozer Libro cero es el relato de una Cuba irreal en un mundo irreal. Para Antonio José Ponte es la recopilación de los delirios de Aurora Sores y Sores, “obras completas de la demencia”. A mí me gustaría acercarme a esos atributos por su envés. Me gustaría abordar demencia e irrealidad no tanto como aquello a lo que Libro cero se encamina sino de donde vuelve: la loca puesta a hablar para que se le escapen rachas de hilarante cordura, una colección de mapas caprichosos para que sólo puedan leerlos quienes están en el ajo de lo escondido.

Imagen de cubierta de ‘Libro cero’, de Soleida Ríos, Letras Cubanas, La Habana, 1998

Procurar una forma a través de la irrealidad y el caos fue también una de las fortunas de Soleida Ríos Sores, la compiladora, y de Soleida Ríos, la poeta, escritora y compiladora de compiladores. (Aquí el cero del título es origen.) En el tanteo de esa forma (los países no existen para que el país de este libro, hecho de migas de sueños, anécdotas, líneas de ferrocarril, cielos, enterramientos y otras cosas, sí exista) habría que empezar por algo: Aurora Sores y Sores es ella y su prole. Ella y su cronología. Datos que esforzándonos un poco podemos devolver de la dispersión y la opacidad: Aurora nacida en Filadelfia en 1909 (a los dos meses ya la han llevado para Placetas). En la crucifixión de Cristo (también en Placetas, 1909, “un tiempo en que no se trabajaba de día. A las nueve de la noche te sacaban de tu casa y por 50 centavos te ponían a trabajar en el azúcar”). Con los Auvernis (la crema y nata de Placetas, inventores de todo: la fauna, las enfermedades, la medicina, su propio apellido. Le parece que en Campo Florido, como antes, los Auvernis se hacen los que no la ven). En los tiempos de la República (su padre preso durante el machadato; en una suite de Palacio dada por Grau; como delegada –ahora llamándose Ester Méndez Viloch– a la Asamblea Constituyente; con los ortodoxos, el partido de su padre; con el nombre de Bárbara, soñándose despierta que salva a unos marines y conversa con Eisenhower). Aurora en los archivos secretos (“El verdadero nombre de La Cuba es Ofir. Estuve buscando en el archivo secreto de la Secretaría de Estado y me encontré con que el verdadero nombre era Ofir, y de la historia de mi familia, que era lo que yo estaba buscando, no hallé nada”. Y de Ofir, en la entrada siguiente: “país de intriga, horror y misterio. No dice en qué parte del mundo está”). Aurora en los tiempos de la revolución y la Sierra Maestra, cuando llamaron a Federico para hacerlo líder (En la entrada historia de Cuba del “Diccionario completo” leemos: “Una cosa simpática, parece cosa de locos: el que dirige las revoluciones es el Ministro de Estado… A Federico lo llamaron para hacerlo líder y él, el hijo, no aceptó”). En el Congreso de la Juventud (Donde todo fue malo. “Deficiencias y deficiencias y deficiencias”). Aurora en su definición de comunismo (“El único fin es el orden natural. Y el orden natural es el comunismo. El verdadero comunismo no es político: no hay ejército, no hay policía. A un hombre le dan una tierra y tiene que cultivarla, sembrar. Y de ahí come. Y si no come es porque no le da la gana”). Aurora en el censo de los amanerados de Placetas (cinco millones) que ella misma tuvo que hacer. Aurora una vez con ochenta y tres turistas por Europa (España no existe allí. No tiene nombre), o bajada por un winche en Argentina, o metiéndose por un pasillo del hotel Inglaterra hasta una puertecita que cuando se abre da a La Francia. Aurora contra la desmemoria y la sinrazón, intentando recuperar el viejo y perdido hábito de comer Arroz Aroma, y al centro de sus páginas aquella receta de recetas, vieja costumbre y acaso invención de la familia Sores (“Sabio es el que ve la consecuencia de sus actos. Y original, sólo el que imita la tradición”), buena comida para sencillamente bien comer todos los días. Aurora en una biografía que le está escribiendo Rómulo Gallegos y en unas páginas que Trémula escribe sobre los Sores

–¿una reseña de Libro cero?– en medio de una laxa reunión literaria. Aurora que habla consigo misma en su adiós a la ciudad, los seres y las cosas, y a los preñados y preñadas de Ofir (“Así, serenamente, cumplido ya tu deambular en el plano de la tierra”). Camino del cielo hacia el fuego telúrico, Aurora en la transmutación.

Con ese orden más o menos, aunque también, a veces, sin orden ninguno, y nunca de modo palmario sino con la fragilidad sobrecogedora de una presencia, un espíritu, transcurre la vida de Aurora Sores en Libro cero. Toda una biografía de datos dudosos, dispersos, pistas roídas por los delirios que, sin embargo, dejan, como una babosa nocturna, un escarchado hilo de sentido. Todas las secciones del libro están vinculadas, a veces los personajes y topónimos ayudan a ello, a veces se debe al lenguaje, al humor o a paralelismos recónditos. Por ejemplo, los vínculos entre la sección inicial que recoge los sueños de Aurora (“Los sueños reales”, todos en torno a la guerra y la muerte) y el capítulo “Pasionaria” hacia las páginas finales: en estas, una vida entregada al horror; en aquellas, una vida tomada por el horror. En estas, la pasión oculta y una existencia recobrada sólo por medio del olvido de quien se es; en aquéllas, capas y capas de sueños. Asimismo, hay en el libro una cronología mayor y otras menores sólo aparentemente dinamitadas por la locura, como en la entrada historia de Cuba que ya mencionamos, una historia que se nos dice simpática y trágica a la vez, con un remoto emperador, Maximiliano de Austria (“Era de yuca y ñame”), un suelo vendido a los americanos por 70 centavos el metro, y aquel asunto al revés del Ministro de Estado haciendo las revoluciones.

Avanzamos en la lectura y el mundo de Aurora se va haciendo tan trastornado como ancho y conexo; reaparece Placetas con sus historias y vida propia; esa capital del mundo, lugar de nacimiento adoptado por Aurora y donde todo fue inventado, entonces en extraña equivalencia con un pueblo vecino, Guaracabuya, centro de La Cuba y tierra de unos novísimos que veremos aparecer en la tertulia del capítulo “Pequeño resumen de la cosa mirada desde arriba” y mezclarse y confundirse con algunos de los principales colaboradores del mismísimo Libro cero que aquí nos ocupa. En la tertulia se habla muchísimo de los Sores: que si buscan a los novísimos para matarse el aburrimiento, que si los quieren sumar a su prole (lo dice Trémula), y de los escritores que colaboraron con Libro cero leemos en el Prólogo:

Los mapas que por extraña razón obraban en poder de Antonio José Ponte (junto a viejos proyectos de construcción hidráulica, dix que pertenecientes a su padre, Antonio José Ponte, ingeniero, y a su abuelo, Antonio José Ponte, ingeniero, y no, como aseguran algunos, a lo que él nombra “la morralla china”, su archivo más exhaustivo), fueron aportados con ejemplar generosidad por el escritor. El director y guionista de cine, radio y televisión, poeta, historiador musical y maestro dibujante Sigfredo Ariel Pérez Sores se aplicó a enmendar los desastres del tiempo sobre la Geografía, tan cara a nuestra Aurora. A él hemos de agradecer también algunos fragmentos escogidos del “Diccionario completo” de Aurora Sores y Sores, así como su consejo y estímulo y buenas intenciones.

El narrador y polemista Jorge Ángel Pérez Sores me instruyó en la composición y actualización de los diálogos de “Pequeño resumen de la cosa mirada desde arriba”. Podrá observarse, si se lee con detenimiento, cómo se forma finalmente un triángulo escaleno y/o una espiral de cuatro centros, tal como, me parece, fue la intención primaria o primordial de Aurora Sores.

Libro cero está hecho de su propio reflejo. Lo ocupan dobles, suplantaciones, fichas de escritores, una edición imaginaria del propio libro y colaboradores que ignoraban que ya eran parte de un designio. Hay un plan esencial, y juguetón y paródico, de correspondencias. Hay profecías y prácticas de hechizo, sueños por los que se despierta en otros sueños y terror a alguien como a fuerzas inquietas en una trastienda (Aquí el cero es infausto.) Junto a la irrealidad y el caos, hay unos orígenes otros de las cosas, y el destino y el azar se han vuelto equivalentes. Por eso, a pesar del tiempo y de los muchos obstáculos, Soleida Ríos Sores no puede escapar a su misión de compiladora, o los mapas (“La Cuba. Es un recipiente así, con una pata”, “Diccionario completo”) están en la extraña posesión de tres generaciones de ingenieros hidráulicos y de una misma familia (nada de Sores aquí). En Libro cero rige y quiere regir la causalidad, ese orden “lúcido y atávico” que según Borges –y Borges por medio de las observaciones de James Frazer sobre la simpatía entre las cosas del mundo– tenían en común la magia primitiva y el arte narrativo y cinematográfico. En estos, como en la magia –propone Borges–, no priman los milagros, ni los descuidos y gratuidades, sino los ecos, las correspondencias, las elaboraciones y búsquedas pacientes de una afinidad, de una respuesta. Narraciones de vínculos velados y vigilados como los hilos que lanza y ambiciona anudar en lo invisible un conjuro mágico. “Larga repercusión tienen las palabras”, es otro aserto de Borges en esas mismas páginas, “El arte narrativo y la magia”.

La demencia de Aurora pasa enteramente por el lenguaje. José Kozer lo describe como un lenguaje de engañosa superficie plana al que nos confiamos y por el que nos dejamos llevar hasta que nos descubrirnos, muy natural y jovialmente, al borde de un precipicio. Hay variedad de eventos pero, en efecto, nada posee más poder que la capciosa simplicidad con que se expresa este personaje que asoma por todas las secciones del libro y que en algún momento lo habrá impregnado todo; registro coloquial de una demencia que a veces suena, más que a demencia, a candidez o a rusticidad, con el fondo pueblerino y trashumante de muchos fragmentos y la comicidad propia de expresiones y términos locales desplazados de sitio. Por ese lenguaje familiar y deseoso de familiaridad, que sirve a la Aurora de Placetas y a la del Palacio Presidencial; a la muchachita que se sueña de pronto huérfana de padre y a la turista que busca en España el camino de La Palestina y al Rey Alfonso XIII, lenguaje sencillo pero de muchas texturas (voces de un entorno rural, citadino, o del folklor afrocubano), Libro cero se desliza de la extravagancia al sentido y del sentido a la extravagancia sin que apenas hayamos podido notarlo. Lo atinado resulta así más naturalmente atinado y la locura más naturalmente locura, y ambos en una permanencia sugestiva y precaria.

Igualmente, la demencia de Aurora está llena de antepasados. De evocaciones de orígenes o de invenciones de orígenes. Los hombres y los animales, los lugares y las cosas, todos están sometidos al recuento de su aparición en el mundo. La locura ha tomado forma mítica y de relato o, más exactamente, no ha terminado de vaciarse, de olvidar, está llena de vestigios, entre ellos, los de la tradición oral africana. Por eso el espectro de Pierre Casterneaux, “el adalid de la Ley Oral” en el prólogo de la compiladora, una pista y un despiste, algo para acercarnos y para alejarnos de ese otro material, el de las leyendas y anécdotas negras, el influjo más pleno aunque volátil de Libro cero. Y es que no se trata de que la autora haya traslado a su libro relatos o figuras de esa tradición, que haya imitado un habla o se haya demorado en citas y apropiaciones, se trata de haber hecho del personaje más relevante de esas páginas, Aurora Sores y Sores, el centelleo de un mundo roto, casi desaparecido, y al cual, sin embargo, no se ha dejado de pertenecer. De haber conseguido colocar la fuerza y la tragedia de una comunidad y un patrimonio en la errancia inagotable de un personaje. Un mundo en peligro de extinción (como se dice ahora de tantas cosas) pero abordado con el disimulo no sólo encantador sino también sabio, para el camuflaje y la persistencia, con que los cuentos africanos y afrocubanos rumian los días de un Principio anterior a todas las miserias y cataclismos, anterior incluso al principio, un tiempo en que los seres y las cosas estaban en su esencia, en su apogeo. ¿Es locura de Aurora que la fauna no exista en el orden natural y que todo no sea más que plataformas, andamios e hilos de fibra que tiran de animales y hombres? ¿O que los opulentos Auvernis, inventores de todo, la plataforma, las enfermedades y las medicinas, crearan la primera pastilla de cagarrutas de chivo? Locura, seguramente, pero con una memoria incrustada en esos desvaríos: la de aquellos relatos según los cuales los hombres se habían hecho negros o blancos al escalar por una cuerda hasta el sol o la luna; o la del primer hombre, surgido de excremento soplado: el dios creador Obá-Ogó sopló sobre su propia caca. Como cualquier locura, la de Aurora está impregnada de lo vivido y escuchado alguna vez, se vuelve relato de relatos, fantasía de fantasías, risa de risas, y no debe extrañarnos que sus caprichos de tan persistentes terminen cobrando seso.

La cuestión de la raza y sus tensiones tiene pocas referencias directas en Libro cero, pero no son ni insuficientes ni inocuas. Están muy cuidadas. De ningún personaje se nos dice que es negro o blanco, es algo a deducir, como ocurre con ese trasfondo de tradiciones que debe ser reencontrado y que es más una cuestión de fantasía y humor, del talante de las anécdotas, de lenguaje, tonos, ambientes, sonidos. El mundo negro está siempre cercano y lejano en Libro cero. Es una naturaleza, y que nosotros podamos notarla no concierne precisamente a las destrezas o ambiciones de la autora, más bien sería una invisibilidad, parte de la historia misma que nos está siendo contada. La entrada fauna del “Diccionario”, que nos relata un paseo vespertino por Placetas en el que, de pronto, por la hendidura de una pared, Aurora ve cómo en casa de doña Lina estaban haciendo un majá –“cogieron un niño lindísimo, rubio, de ojos azules, y con un machete le troncharon un brazo, chas, el otro…”–, es la única referencia que va más allá de una mera mención o insinuación a lo racial, y no parece azaroso que esté tan sola y que, a su vez, se regodee en una escena escabrosa y fácil de adjudicar al mundo negro brujo, nunca carente de antropologías criminales. Su irrupción, la fingida tranquilidad con que el relato se embute en una entrada sobre la fauna, y el silencio con que el cura del pueblo rodea lo que le cuenta (y denuncia) Aurora, son irónicos e irrisorios. En realidad, y según las elaboraciones del Diccionario, ese hechizo resuelto a tajos sólo agrega un animal a la gran armazón de la fauna inventada, como tantas otras cosas, por los Auvernis, los blancos. La imagen puede ser así, sarcásticamente, todo lo escabrosa que se quiera, es apenas un elemento más en un andamiaje ajeno y mayor. Y, sin embargo, mientras nos apropiamos de la broma y reímos o sonreímos, la tensión permanece y permanecerá a través de aquellos elementos tan bien elegidos para el relato: niño rubio y majá. Es a través de sus proporciones y colores –alongamiento de los cuerpos, brillo de piedras de los ojos, pieles claras, amarillo moteado– por donde verdaderamente transita lo irrisorio y tétrico de esa mudanza.

En las leyendas africanas, donde no es infrecuente que los hombres hayan sido animales o los animales hayan sido hombres, o que hombre y animal compartan un mismo continente, el hallazgo de las semejanzas, la continuación de los seres a través de la lectura o el descubrimiento de lo semejante, es una apelación al arte. Un arte de colores y formas de la naturaleza que terminará creando mundos y deidades, narrando metamorfosis y reinos. En “El hombre y las mitologías”, G. K. Chesterton formula lo siguiente: “La prueba definitiva de lo fantástico es lo apropiado que resulta lo inapropiado. Y dicha prueba debe parecer arbitraria porque es artística”. Para este otro lector de Frazer, aunque más quisquilloso (además de poco indulgente con brujos y brujas), volver a los mitos es cruzar los umbrales de la imaginación, de las ensoñaciones y la poesía. Mucho antes que ciencias –insiste– los dioses son creaciones artísticas, y ello sin descontar el humor, que en algunos casos, le parece, podría llegar a ser todo el asunto.

En las leyendas afrocubanas el humor es tan importante como la magia, y hasta se pueden hallar pasajes en los que se juega a la magia, se representan hechizos y brujerías sólo como engaños, como burlas. En el cuento “Osain de Un Pie” –de la recopilación Cuentos negros de Lydia Cabrera–, un ñame habla para que no lo echen a la olla y los hombres se espantan (“¡Ñá…ñá… Ñame está hablando!”), van y vienen y a cada intento ocurre lo mismo, el ñame habla y los otros gritan, lo sueltan y se van con los pelos de punta. Pero es cosa de Hicotea que también quiere comer ñame, y escondida en su retablo de viadas ha conseguido engañar a todos. A todos, menos a Osain de Un Pie, el más viejo y sabio de los viejos sabios que hay en el reino, y que llega, “¡Can-can-can-can! Canilla sola” a poner orden. Por el trabajo pidió “un peso de plata, una cazuela, un coco y un gallo”, hizo romper la pila de ñames, encontró allí a Hicotea, –“Ah, vieja bruja, como si no te hubiese conocido tu dejito de arará!…”–, y, entonces, además de la pila, le rompió en mil trozos y trocitos el carapacho y ni se valió del ejército que tenía consigo, acabó él mismo de triturarla. Como los ñames, todos quedaron en silencio y muy seriamente se fueron a sus faenas de siempre. También se fue el viejo sabio con su pata única y los elogios del rey. Hasta que llegó la noche:

Un ojo diminuto, redondo, intenso, apareció sobre un guijarro. Otro, en un cactus, a poca distancia… Una mano tronchada, apenas del tamaño de una hoja de romerillo, removía lentamente entre las yerbas el silencio estancado. Empezaron a hormiguear ruidos pequeños; un menudo trajín de miembros, que dispersos y mutilados, se buscaban, se coordinaban, se revivían…

Hicotea, sentada en las raíces del árbol del Pájaro que Vela —“Yo bibí, bibí. ¡Teketebuká! Va bibí… ¡Bibí!” –retejía sus venas– y la sangre cantaba. Armaba sus huesos, zurcía sus carnes, soldaba su coraza.

Y así hasta que el único renco y el más bribón que había por aquellos lares era el viejo Osain que regresaba. En la noche la pata no sonaba can-can-can, sonaba con-con-con…:

—“Comadre Hicotea –dijo Osain de Un Pie–. ¡Fue broma!”

Y el viejo y Hicotea, ya rehecha, cambiaron una mirada de inteligencia. Se leyeron en los ojos el secreto de los cuatro elementos.

Hicotea hizo un fuego y se sacó el corazón. Lo puso a arder y Osain se desternillaba de la risa viéndolo brincar, más rojo que el fuego, girar intacto, vivo entre las llamas alegres, abrasarse sin consumirse, hasta que Hicotea volvió a encerrárselo en el pecho…

Y fumaron un tabaco, tomaron café y, muy azul la noche entera, fue olor de café…

Nunca sabremos cuál de ellos engañó más al otro, ni cuánto nos han engañado o nos seguirán engañando ambos. Como aquel reino de noche azul, Libro cero es también un lugar de burlas y bromas al lector. No se perdieron en el paso de “Ofir” a Libro cero, proliferaron. El paso de “Ofir” a Libro cero es, de hecho, la primera broma, y con ella vendrán ediciones, autores, especialistas y colaboraciones falsas o sólo un poco ciertas, todos puestos allí para darle cuerpo, profundidad e historia al libro, aparentar que se atrapan con los dedos las trazas de una memoria que en esas páginas se llama Aurora o los Sores y Sores. Podría decirse incluso que Libro cero contiene dos historias: la de Aurora y la del libro que nos cuenta la historia de Aurora, cada una querrá pasar por la otra, confundirse con la otra (el lugar donde todo tiene su doble, ¿cierto?), de ahí los juegos en torno a la autoría; esos juegos y el lenguaje serán la mejor amalgama entre los ámbitos de lo oral y lo escrito, lo natural y lo creado, lo trastornado y lo coherente.

Pero, quién es Aurora, ese personaje que nos resulta tan ajeno a los círculos literarios y de los cuales no puede ser excluida. Allí, ya decíamos, se oye hablar de los Sores y Sores y se ve que pululan. Entre cubanólogos se discute si el documento “Breve historia de la muerte de Tana” es, más que un documento, literatura, y si, como asegura la licenciada Gisela Rodríguez, de Placetas, fue realmente escrito por Aurora; mientras parece fuera de duda que el “Diccionario completo” le pertenezca, como también le pertenecen “Los sueños reales”, recopilados diez años atrás –se nos dice en una nota al pie– por la escritora Soleida Ríos. La creencia popular que desaconseja contar sueños en ayuna (según Walter Benjamin, por temor a quedar atrapados en la niebla todavía demasiado cercana de lo onírico: “Quien está en ayunas habla del sueño como si hablase en sueños”), pudo ser completamente desatendida aquí: en el mundo de Aurora los sueños ni siquiera son sueños. Son experiencias (como quien escenifica una novela, dice el “Diccionario”) para que el espíritu, motor de todo, aprenda. Por la naturaleza de los sueños que Libro cero nos narra, podemos imaginar que Aurora los habría contado a Soleida Ríos sin siquiera haber abierto los ojos.

Entonces, nuevamente, quién es Aurora Sores y Sores. A quién pertenecen todas esas vivencias. Bien podríamos imaginarla en la estampa callejera de una Dolores Santa Cruz, personaje de la serie nada insignificante de mujeres y hombres negros enloquecidos o a punto de enloquecer de la literatura cubana, pero ello merecería varias páginas más. En realidad ni vamos a atrevernos demasiado con la identidad de Aurora en Libro cero, sólo nos gustaría subrayar que entre la escritora Soleida Ríos y la célebre Aurora Sores y Sores tenemos a la compiladora Soleida Ríos Sores, un personaje velo, velo y engarce, un soplo de bruma entre dos naturalezas, la corona de hojas de encinas que le cae al centauro Quirón bajo el ombligo (“El arte narrativo y la magia”) o, mejor, mucho mejor, un momento como el de esas entidades dobles, triples, cuádruples, de los cuentos africanos. Como Osain de Tres Pies, Osain de Dos Pies, Osain de Un Pie, todos encargados de abordar y dar solución a un mismo asunto, y todos haciendo valer una individualidad en su misión común, Soleida Ríos, Soleida Ríos Sores y Aurora Sores y Sores, son grados del relato en Libro cero, registros de una voz, gamas de una existencia, desarrollos y caminos hacia la imagen dispersa o concentrada de un clan. Una voz de escritora nos habla por los desvaríos adjudicados a la demente, y en la editorial la compiladora no puede evitar seguir las evoluciones de un póster colgado tras la cabeza de su interlocutor: colores que bailan y por los que aparece la boca con labios y dientes de la Risa Democrática o la Mueca, mientras un culito flaco sigue la apoteosis rítmica de los sienas y blancos, de los fucsias y grises. Hacer cortes entre esas instancias narrativas es quizás tan arduo como inútil, y todavía no habríamos terminado. Hacia las páginas finales del libro, en el capítulo “Pequeño resumen de la cosa mirada desde arriba”, hay una mujer que envuelta en una sábana se pasea algo silenciosa entre los invitados. Es la anfitriona de unos jóvenes escritores citadinos y de los novísimos de Guaracabuya: escucha sus chismes y azucaradas cizañas, sigue su tráfico de libros, sus desganadas travesuras; es un celaje, una narradora, un aparte, alguien a quien llaman o que irónicamente se llama a sí misma Oscura. El mantón manchado de semen que la cubre es una “sábana sarduyana”, habla del interés clásico o borgeano de sus invitados, hace conjuros de amor y hay quien la corteja llamándole “Belleza yoruba”, quienes se quedan a probar su Arroz Aroma y quienes le temen y ni siquiera se presentan a la tertulia porque “Oscura seca-todo-lo-que-mira” (El cero es aquí cero). Gente y ámbitos que conocimos a lo largo del libro parecen confluir en aquella reunión de gestos y palabras familiares a muchos de los posibles lectores de Libro cero. A su vez, el agua de su espejo paródico retorna sobre lo todo lo narrado (“larga repercusión tienen las palabras”): la biografía y los sueños de Aurora, su diccionario humorístico y sombrío, los juegos a amedrentar que tan poco pueden sin las aprensiones ajenas, y ya entonces no debe sorprendernos que Oscura reciba un presente digno, le dicen, de la familia Sores: “un hermoso sobre amarillo que en el lugar del timbre exhibe un diminuto espejo”. Oscura es incitada a mirarse allí y allí, risueña, ella se mira. Definitivamente, hay un lugar de los Sores y Sores. De allí vienen y hacia allí se dirigen, y ese timbre de imagen fugitiva es su indicio.

La locura de Aurora, sus orígenes y el trayecto de los Sores son un enigma a punto de revelársenos, pero sólo a punto. La burocracia cultural, por el contrario, es siempre presencia y nitidez. La rémora de burócratas e instituciones –aquella que engavetó el libro por toda una década, lapso que puede parecer breve pero no tanto que la célebre Aurora y la muerte no hayan tenido ocasión de encontrarse–, la grisura y parafernalia oficinescas, son todo un lugar en Libro cero, caen sobre los personajes y sucesos como un presente interminable, su montículo de legajos se desparrama sobre las anécdotas, y siempre hay quien tiene que atravesar una habitación y permanecer por un rato ante el buró de alguien mientras examina el entorno con tanto desdén como benevolencia, es decir, con una delicadeza y una costumbre de lo más insidiosas. Se abre así el oficinesco laberinto kafkiano de Libro cero, segmento de un laberinto que bien podría regresarnos a las viejas mazmorras de Simancas y, por allí mismo, a los archivos de la Secretaría de Estado donde Aurora, buscando saber de su familia, se encontró con Ofir.

En Libro cero llegamos a los ambientes literarios, esos donde los Sores y los novísimos fraternizaban, sin dejar de toparnos con algo que podríamos llamar, del modo más simple y propio, la cultura, fórmula a veces extraña y que a veces produce, en perfecta simultaneidad, masificación y achicamiento; brigadas de todas las manifestaciones artísticas y escritores bajo escrutinio; sinfonías y teatros ambulantes y obras literarias que comienzan por un no. En esa cultura superpoblada y fiscalizada a la vez, paternalista y opresiva, tiene su bautismo Libro cero ¿No había observado el editor que eran páginas con una marcada tendencia a la metafísica, mientras Martínez Hijuelos veía relucir el semblante del libro “en el plano de la más alta rrealidad”? De “Ofir” a Libro cero. Creo que no hay a mano mejor signo de locura que el que forma aquí esa mala sustancia metafísica en la búsqueda de su continente, la benéfica realidad del objeto libro. A juzgar por la cronología que hemos ido precisando, hubo un tiempo, seguramente alcanzado por los Sores auténticos y vivido a plenitud por los Sores postizos, en que la realidad se volvió todo un asunto, y cualquiera hubiera podido atolondrarse de tanto poner los ojos sobre esa entidad que parecía como acabada de nacer allí, en el momento y lugar precisos en que se estaba, y tan nombrada y recurrida que siendo cosa muy vieja no podía resultar sino recientísima. Fácil habrá sido suponer que se trataba de un ilusionismo; no era fácil, sin embargo, agitar la cabeza y desvanecerlo. Encerrados a cal y canto en un sitio que no dejaba de llamarse y recordarse a sí mismo como la Realidad, los ojos se pegaban a ella, que no se abría más que para dar paso a la Realidad, y así sucesivamente como si dijéramos volutas intactas y más tirantes que el plomo. Es imposible someter la exuberancia de Libro cero a un origen tan triste (aunque vayan siendo muy comunes las grandes cosas de tristes orígenes), pero sus páginas bien podrían leerse como una victoria sobre tiranía tan sólida y extensa: una realidad incólume pero parodiada, duplicada, socavada por los sueños reales –el lugar de las experiencias verdaderas–, o sometida a una pesquisa ecuánime, segura de que sus propios hechos se encargarán de darnos una sorpresa, nos abrirán la puertecita brillante que da a La Francia y harán flotar el plomo.

La realidad no falta en las páginas de Libro cero pero la irrealidad le acompaña siempre, y esa irrealidad es, por supuesto, crítica. Nunca tenemos una sin la otra. Son, juntos, la ballena en el museo de ciencias naturales de Guaracabuya. O el similar de esa ballena, la elefanta del Circo Nacional, de visita en Guaracabuya y palmada por alguna enfermedad justo cuando los del pueblo conseguían evitar un choque de trenes. Los múltiples delirios de este libro, su génesis, cronologías, mapas únicos de lugares únicos, su “Diccionario completo” y sus referencias fabulosas –los especialistas, compiladores, censores, colaboradores y lectores de Libro cero que Libro cero nos cuenta– pertenecen al mismo esfuerzo de abatir realidades sin perderlas de vista. Es la realidad diamantina de que hablábamos atrapada en uno de los diamantes de Ofir. Volvamos, entonces, a “Breve historia de la muerte de Tana”, un relato que nos servirá de conclusión.

Vegetación en Hunga Tonga (FOTO Dan Slayback)

A su muerte y enterramiento sobrevino el desenterramiento y una disputa entre el museo del pueblo y la Academia de Ciencias por el cuerpo de la elefanta. El Consejo de Guaracabuya, dedicado por entonces a los artistas que llevarían su arte a los campos de cañas, tuvo que dejarlo todo y meterse en el asunto de cómo conservar la piel de la elefanta, que fue lo único que la Academia, finalmente, les dejó. ¿Habrá que insistir en la suerte de aquellos metros de piel metidos a empujones en un frízer de la pesca, y éste en la parte de atrás del cine de Placetas (se nos dice que porque no cabía en ningún otro lugar pero no hay que creerlo del todo)? Baste saber que después de múltiples reuniones del Consejo la piel de Tana debió ser enterrada, con frízer y todo, allí mismo, en Placetas. (Me pregunto por el festival de cine húngaro en que los pobladores volvieran a encontrarse con el frízer de Tana y la ballena de Guaracabuya en una escena de Béla Tarr). Sin embargo, la mala fortuna hizo que Tana fuera enterrada en un suelo que había sido dado a la Asociación de Jóvenes Ecólogos Independientes de Placetas, de manera que uno de sus miembros protestó y comenzó un nuevo desenterramiento:

Quitar la tierra y ver el frízer significó el comienzo de una cadena de actos inexplicables que jamás ocurrieron aquí. Lo primero fue tener que ver, de día y de noche, alzadas a siete metros de altura, cuatro banderas verdes con sendos árboles blancos ondeando en el cielo de Placetas, las cuales conformaban un cuadrilátero de idéntica medida, suponemos, que el perímetro del frízer, y abrieron, ya para siempre en las mentes de los placeteños un signo de interrogación imposible de cerrar por nuestras autoridades.

Una representación de la Asociación de Jóvenes Pintores Independientes, de la Asociación de Jóvenes Escritores Independientes, y de la Asociación de Jóvenes Intérpretes Independientes se personaron, juntas y encabezadas por la AJEI, en la oficina de Víctor Hugo, el director de todo Placetas. [Víctor Hugo] oyó hasta el cansancio los argumentos de la AJEI salpicados de palabras como “herrumbre”, “oxidación”, “oxigenación”, etc., y asumió por entero la responsabilidad. “Habrá que comenzarlo todo de nuevo”, dijo, despidiéndolos cordialmente en la puerta de la oficina.

Todo de nuevo, como si aún fuera posible encontrársele algún comienzo a las infinitas reuniones del Consejo y unos signos de interrogación no se hubiesen alojado en su gramática. Como si los ecólogos independientes y los otros que les siguieron no hubiesen comenzado a desandar aquella Hunga Tonga de la imaginación, de suelos rigurosos y floraciones inesperadas. (El cero es aquí la frontera entre los números positivos y negativos, entre lo subterráneo y lo aéreo.) Un montículo propio del que preguntarse cuánto y hacia dónde habrá crecido, qué fauna y flora lo estará llenando, si se habrá hecho tierra firme, duradera, y si habrá por allí cosas como aquellas de los Sores y Sores: sobres amarillos de espejitos timbre, jicoteas de corazones inmortales, buenas recetas, y libros que comienzan por llamarse libros, como en una taxonomía de murciélagos, las alas extendidas bajo el rótulo de su dominio pero con un agregado de familia que los vuelve únicos y que otra vez los anima: murciélago pescador, murciélago mariposa, murciélago casero, bigotudo, orejudo, cara de fantasma, frutero…

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ALESSANDRA MOLINA
Alessandra Molina (La Habana, 1968). Licenciada en Letras por la Universidad de La Habana en 1991. Ha publicado los cuadernos de poesía Anfiteatro entre los pinos (Extramuros, La Habana, 1997), Usuras del lenguaje (Editorial Siesta, Argentina, 1999), As de triunfo (Letras Cubanas, La Habana, 2003) y Otras maneras de lo sin hueso (Leykan, Austria, 2007). Sus textos han sido incluidos en importantes antologías como Cuerpo plural. Antología de la poesía hispanoamericana contemporánea (Editorial Pre-Texto, Madrid, 2010), Island of My Hunger. Cuban Poetry of Today (City Lights Books, San Francisco, 2007) y El decir y el vértigo. Panorama de la poesía hispanoamericana reciente (1965-1979) (Filo de caballos Editores, México, 2005). Reside desde 2001 en Estados Unidos, donde actualmente cursa un doctorado en el Departamento de Lenguas Romances de la Universidad de Missouri.
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