Roberto Bazlen (FOTO Il Piccolo)
Roberto Bazlen (FOTO Il Piccolo)

Entre quienes, por lucidez hipertrofiada, desmesurado orgullo o mera pereza, han desdeñado el ejercicio de la escritura cuando todo parecía predestinarlos a eso, Roberto Bazlen resulta, acaso, el más enigmático. Legendario ya en vida por su pulsión ágrafa, saber políglota y dominio de las más diversas literaturas, este escritor –parco, secreto y fragmentario– se ha convertido, inopinadamente, en el más fulgurante emblema de los artistas sin obra: dilucidar, siquiera parcialmente, los motivos de la pertinaz, incesante fascinación que ejerce sobre tantos estetas –a menudo en las antípodas de su poética– es mi objetivo en este breve artículo.

En una novela australiana el protagonista –erudito especializado en la historia romana del siglo III D. C.–[1] renuncia, tras quince años de incesante y minuciosa investigación, a escribir la biografía definitiva del emperador Caracalla: las fuentes se contradicen, los datos fiables son escasos e incluso los mejores estudios sobre la época (ostensiblemente Decline and Fall of the Roman Empire) adolecen de una tendencia más o menos pronunciada a la ficcionalización. Al principio, el académico se sumerge en la acedia y el silencio; luego comprende que puede acercarse a su tema de manera oblicua: si no puede acceder a un conocimiento preciso de los hechos en torno al Emperador, se dedicará al estudio de la vasta mitología que se ha tejido en torno a este en los últimos dos siglos.[2] Quizá sea esa una forma tan eficaz como cualquier otra de comenzar el análisis de la posteridad espiritual de Bazlen, sobre todo cuando consideramos que existe una interesante novela dedicada, precisamente, a escrutar su curiosa existencia ágrafa: me refiero a El estadio de Wimbledon, de Daniele del Giudice.

En este relato, el narrador en primera persona –un joven novelista que también aspira a pergeñar ensayos de primer orden– viaja a Trieste para indagar sobre el estridente silencio de Bazlen y las razones que cimentan la perdurable fascinación que un tipo supuestamente sin importancia continúa ejerciendo sobre muchos escritores: le interesa, según dice, “un punto, en el que tal vez se entrecruzan el saber ser y el saber escribir. Todos los que escriben se lo imaginan de algún modo. En su caso, en cambio, ha habido en ese punto una exclusión, una renuncia, un silencio. Yo querría comprender el porqué”.

Y nosotros también, pero no es precisamente algo sencillo: mientras sigue sus ecos en el laberinto de Trieste, el narrador percibe la esencial incertidumbre que se cierne sobre la ausencia de obra: aunque quienes han conocido al enigmático esteta prodigan innúmeras explicaciones, sus teorías a menudo resultan insuficientes o contradictorias: algunos apuestan por la indiferencia (una suerte de elegante nihilismo: “creo que en el fondo nada le interesaba”); otros por una supuesta incapacidad para componer textos de largo aliento (“Tenía dificultades para reunir, organizar”)[3] o una idea tan elevada de la forma que le impedía agregar un libro más a los ya existentes (“él decía también: ya no se pueden escribir libros, yo sólo escribo notas a pie de página”).

Lo que sucede con semejantes respuestas es que son demasiado superficiales y ni siquiera rozan el oscuro fulgor que el gran ágrafo continúa irradiando: ¿cómo alguien esencialmente “fracasado”[4] ha podido convertirse en uno de los poquísimos estetas italianos que Roberto Calasso admiró sin reservas? A esa interrogante, el relato no ofrece respuesta alguna e incluso se permite cierta condescendencia con la “negatividad” de Bazlen (era una pose, etc). Sin embargo, la novela de Del Giudice no supera el estatus de curiosidad hábilmente redactada,[5] y Bazlen continúa fascinando a numerosos artistas verbales (de hecho, podría argumentarse que es el escritor para escritores por excelencia): es obvio que debemos buscar en otra parte la respuesta a nuestras perplejidades.

Bobi Bazlen y Roberto Calasso en Civitavecchia alrededor de 1962 FOTO Corriere della Serra | Rialta
Bobi Bazlen y Roberto Calasso en Civitavecchia alrededor de 1962 (FOTO Corriere della Serra)

Quizás Roberto Calasso se haya acercado más que nadie a una respuesta plausible con su definición de Bazlen como “sabio taoísta”, lo que, en principio, puede parecer una noción delirante, pero de inmediato Calasso precisa el significado que le atribuye a la expresión: “Existen incompatibilidades obligadas: el literato no quiere oír hablar de la sabiduría oriental; el insatisfecho que persigue la sabiduría oriental no quiere oír hablar de literatura; el erudito no quiere oír hablar de experiencias no librescas; quien vive experiencias no librescas no quiere oír hablar de filología; quien se fía de las verificaciones de la ciencia no se fía de las verificaciones de la mística; quien aprecia la mística detesta las investigaciones experimentales. Bazlen no obedecía a ninguna de estas incompatibilidades, ni a otras más. En tal sentido, nadie como él sabía sembrar confusión”.

Es decir, en el triestino se reunían, acaso como en ningún otro hombre, todas las posibilidades de la escritura, todos los sistemas de signos, todas las pompas y fastos de la Palabra, al menos potencialmente:[6] sus aforismos (esas notas pergeñadas con rapidez, displicencia y agudeza) poseen una prodigiosa densidad simbólica, una desmesurada latencia de significación diferida (rasgo inconfundible y necesario de todo clásico) que los inviste de un misterio perdurable:[7] es poco probable que Bazlen llegue a conocer algún día “la desgracia de ser comprendido” (Cioran) que se ha cernido sobre tantos polígrafos ilustres.

¿Acaso no ha sugerido alguien –cuyo nombre ahora me elude– que la palabra misma posee resonancias cabalísticas? En cualquier caso, el tipo es, a su manera, tan incomprensible –tan contradictorio– como la inexistente divinidad: fragmentario y obsesionado con el saber absoluto; melancólico y exultante; escéptico y confiadamente asertivo; ascético y epicúreo; nihilista y profundamente religioso; ágrafo y escritor compulsivo de cartas, sublimes notas en los márgenes[8] e informes editoriales; esteta supremo y apasionado por las ciencias naturales: las “incompatibilidades” podrían proliferar indefinidamente: no hay, en rigor de verdad, ningún otro excéntrico que pueda siquiera acercársele,[9] y, por momentos, casi parece como si lo que no escribió fuese superior a muchas obras publicadas, aunque, naturalmente, esa es sólo una hermosa ilusión.[10]

Ahora bien, Calasso, que no suele carecer de audacia, da otra vuelta de tuerca al dispositivo hermenéutico y postula lo absolutamente otro, la única explicación que jamás podrían haber concebido los atribulados (y condescendientes) exégetas: desdeñosamente, como quien formula una obviedad, observa que no sólo no es preciso lamentar que Bazlen se abstuviera más o menos enérgicamente de escribir, sino que “forma parte, pues –y decisiva–, de la obra de Bazlen el no haber producido una obra”. Quizás, pero, por otra parte, no es insensato preguntarse hasta qué punto eso resulta cierto: como en el caso del personaje borgiano (Pierre Menard, naturalmente) podemos distinguir entre la obra visible –casi inexistente–[11] y la obra secreta,[12] cuyos ecos aún resuenan en nuestros días (la ola Bazlen, por así decirlo). Por supuesto, es Adelphi –y todo lo que esta mítica editorial significa– su perdurable obra maestra: el concepto original fue suyo; el deseo de totalidad,[13] también. Calasso, ciertamente, no escatima elogios: “Para Bazlen, que tenía una velocidad mental como no he vuelto a encontrar, la edición crítica de Nietzsche era casi una obviedad necesaria. ¿Con qué otra cosa se hubiera podido empezar?”[14]

Podríamos prodigar muchas otras historias como esta (las anécdotas sobre Bazlen no escasean y casi constituyen un subgénero por derecho propio) pero parece superfluo: al final sólo dos cosas perduran –inaccesibles a la erosión del tiempo– de ese reticente, desdeñoso y supremamente lúcido esteta: su vasta, innegable influencia sobre algunos de los escritores europeos más interesantes del siglo XX[15] y la esencial imposibilidad de comprender el sentido profundo de su gesto ágrafo.

Bobi
Roberto Bazlen

Notas:

[1] Período notorio, como es sabido, por la opacidad y escasez de los documentos.

[2] En particular, analiza la estructura de las ficciones victorianas sobre el tema.

[3] Como si el fragmento no fuese –al menos desde Lichtenberg y Chamfort– una sofisticada –y nada fácil– modalidad de la escritura: ¿Qué es Cioran, por solo citar un ejemplo entre tantos, sino un hombre del fragmento?

[4] Sea lo que sea que eso signifique.

[5] Quizás lo más interesante sean ciertas consideraciones del narrador sobre la tendencia de Bazlen a, por así decirlo, “escribir con las vidas de los demás”: abúlico por naturaleza (a él puede aplicarse como a pocos la famosa frase de Saint-Simon sobre el regente: “Había nacido aburrido”) se entretenía aconsejando a sus amigos sobre diversas cuestiones, pero Del Giudice pierde de vista la dimensión estética y aun metafísica de tales gestos.

[6] Así el Tao Te King proclama incesantemente la supremacía de la nada sobre el ser, del vacío sobre lo lleno, la potencia sobre el acto.

[7] Por ejemplo, este lapidario y enigmático apotegma: “Hasta Goethe: la biografía absorbida por la obra. De Rilke en adelante: la vida contra la obra”.

[8] A menudo más interesantes que tantos ensayos “serios” e interminables.

[9] Macedonio Fernández me sigue pareciendo, pese a todo, una invención borgiana.

[10] No todos lo han visto de esa forma: “unheard melodies are sweeter”, escribió un poeta inglés mientras chapoteaba en las profundidades del neoplatonismo.

[11] A pesar de algunos aforismos extraordinarios y apreciaciones de enorme agudeza sobre diversos autores que prodigó en su correspondencia.

[12] Traducciones cuya importancia sería imposible exagerar (fue uno de los primeros en comprender la grandeza de Musil y su versión de El hombre sin atributos sería durante décadas la única disponible en italiano); edición de escritores desconocidos en Italia que después serían aclamados(Gombrowicz, Raymond Roussel); su importante colaboración con Einaudi –durante largo tiempo la mayor editorial del país: Bazlen fue uno de sus principales asesores, sin apenas levantarse de su cama (casi toda su colaboración tuvo lugar por medio de cartas y muchos amigos insisten en lo que podríamos llamar su faceta misántropa y, por utilizar un neologismo que me parece pertinente, onettiana: recuerden los últimos años del escritor uruguayo en Madrid). Por si todo esto fuera poco creó Adelphi, la editorial que, bajo Calasso, se convertiría en una entidad casi mitológica de la cultura europea.

[13] “Cuando Bazlen me habló por primera vez de ese nuevo sello editorial que iba a ser Adelphi evidentemente apuntó enseguida a la edición crítica de Nietzsche y a la futura colección de Clásicos. Ambas ideas lo complacían. Pero le preocupaban sobre todo los otros libros que el nuevo sello editorial iba a publicar: aquellos que de tanto en tanto Bazlen había ido descubriendo a lo largo de los años y nunca había podido colar a los diversos editores italianos con los que había colaborado, de Bompiani a Einaudi. ¿De qué se trataba? En rigor, podía tratarse de cualquier cosa. De un clásico tibetano (Milarepa) o de un ignoto autor inglés de un solo libro (Christopher Burney) o de la introducción más popular a esa nueva rama de la ciencia que era entonces la etiología (El anillo del rey Salomón) o de algunos tratados sobre el teatro Nō escritos entre los siglos XIV y XV. Estos fueron algunos de los primeros libros que había que publicar mencionados por Bazlen”.

[14] Bueno, se me ocurren unas cuantas, pero lo importante es comprender la casi inconcebible audacia de publicar a Nietzsche en la Italia de los sesenta: ningún otro lo habría hecho.

[15] El propio Calasso, Fleur Jaeggy, Montale, Svevo, Saba, Magris.

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1 comentario

  1. Magnífico texto. Sólo agregaría que las citas de Calasso pertenecen a su breve ensayo sobre Bazlen recogido en Los cuarenta y nueve escalones. La novela de Del Giudice pertenece a esa oscura región de los libros de Anagrama que se han agotado sin reedición.

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