‛La mujer salvaje’, de Alán González: entrar en la piel de un personaje excepcional

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Fotograma de ‘La mujer salvaje’ (2023); Alán González
Fotograma de ‘La mujer salvaje’ (2023); Alán González (IMAGEN YouTube/Cine cubano ICAIC - trailer)

La mujer salvaje, del realizador Alán González, es la crónica visceral del enfrentamiento de una madre consigo misma. Estrenada en el Festival Internacional de Cine de Toronto (TIFF), y merecedora de los premios a Mejor película, Mejor sonido y Mejor actuación principal en el Festival de Cine Ceará, la película se exhibió por primera vez en Cuba el domingo 10 de diciembre en el Festival de Cine de La Habana. Por supuesto, no resulta casual que también aquí haya sido reconocida: esta vez con el Premio Especial del Jurado en la categoría de Ópera prima.

Como sucedía con María Antonia, el personaje de Eugenio Hernández Espinoza, la suerte de esta mujer salvaje está cifrada en su sexualidad. Ello se colige desde las primeras imágenes del filme, que revelan el universo de Yolanda y su identidad. Un travelling la sigue mientras baila en éxtasis, ardorosa, fugada de la realidad. La cámara contempla con lujuria el frenesí de su cuerpo sudoroso; un cuerpo que se deja arrastrar por el ritmo del reguetón y el toque de unos tambores. El mundo a su alrededor desaparece y el movimiento procaz de su cintura domina el espacio, como el rumbear de las negras que escuchan “¿Dónde está Teresa?” al inicio de Memorias del subdesarrollo.

Yolanda es una mujer rebelde, dueña de sí, que no hace las paces con el paisaje de opresión social y de género en que vive. Mas su auténtica rebeldía radica en la inconformidad con esa imagen especular que los otros le devuelven. Ella rebasa su realidad inmediata, porque, a diferencia de María Antonia, la inconformidad no es con sus circunstancias sino consigo misma; esos hombres entre los que se debaten su amor y sus deseos no son un cerco jamás. El auténtico conflicto consiste en poder vencerse a sí misma para tener otra vez a a su hijo. Ese convencimiento la coloca por encima de su amiga devenida cristiana, por encima del marido que pretende controlar sus impulsos eróticos, por encima de esa prima casada con un extranjero; personajes que no son, de ningún modo, mejores que ella.

El argumento se consagra al viaje de recuperación de Yolanda. Ella sale en busca de su hijo tan pronto regresa del hospital donde terminó tras una violenta pelea entre su marido y su amante que dejó al primero prófugo de la justicia y al segundo al borde la muerte. Se registra entonces el desplazamiento frenético, desesperado, iracundo de esta mujer por los sinuosos pasillos del hacinado barrio periférico donde habita; intenta encontrar al niño, quiere saber a dónde lo ha llevado su abuela… Después de ver a su marido, aprovecha la ocasión para reencontrarse con el muchacho, ganarse otra vez su cariño y partir juntos hacia algún lugar que los salve de ese mundo desgarrado por la pobreza, la violencia y el machismo.

Ese mundo en que Yolanda es, y del que quiere salir, se filtra en cada accidente de su recorrido, en los personajes con que se encuentra… Mientras acompaña a su protagonista, Alán González aprehende ese cosmos humano de promiscuidad moral. Sin aleccionar o cuestionar a sus personajes, la inmersión en la experiencia de Yolanda es una revisión de la fragilidad existencial de esos ambientes de marginalidad urbana donde la ética no conoce determinaciones más allá de las impuestas por la negociación con las circunstancias. Con una elocuente economía de recursos expresivos, consigue que los más mínimos detalles de ese hábitat se transparenten en las palabras, los gestos, la apreciación del entorno. Como sucedía en El hormiguero y Los amantes, Alán González explica a estas personas a través de los objetos, de sus acciones, de escasos parlamentos; en cada palabra de Yolanda se revela una actitud frente al mundo, en cada encuentro (con su marido, su amiga Osiris, su madre…) se presiente una violencia soterrada mucho peor que la violencia física.

Yolanda es un personaje complejo que destila coraje, arrojo, rabia. En los primeros minutos de la película, esta “mujer salvaje” va a visitar a su marido al hueco donde se esconde de la policía –una cisterna abandonada en un paraje boscoso. Va quizá empujada por el miedo, quizá por la culpa… ¿Se siente Yolanda culpable? En cualquier caso, pasa por allí y sacia el apetito sexual de Raúl; entonces podrá librarse un rato de él, de su control. La cámara se cierra sobre los cuerpos sudorosos y enmarca el rostro de Yolanda indiferente: poseída como un objeto de consumo, completamente alienada del placer. Dice Raúl: “Tú me vas a sacar de este hueco”, o: “Te quiero en la casa las veinticuatro horas del día”. Pero Yolanda no escucha semejantes palabras; solo se interesa por su hijo, que la salva de esa vida feroz y despiadada. Que la limpia de culpa.

¿Fue ese un acto de humillación para la mujer salvaje? Nada mella la determinación del personaje; tampoco esos tipos del barrio que gritan “machanga”, “ni pa´ puta sirves”; menos aún el policía que la espía no se sabe bien con qué propósito. Yolanda no es peor persona por ser incapaz de garantizar un mejor futuro para su hijo, sino por ser el espejo en que sus vecinos se reconocen. La sociedad y la familia la culpan, pero ¿acaso pueden ellos escapar de la opresión en esos márgenes urbanos?; ¿acaso no son ellos, también, cómplices de ese cosmos de violencia doméstica, machismo, vigilancia ética y policial…? Según Yolanda, muchos vieron a Raúl ir con el machete para la fiesta y no hicieron nada. Ahora ella es el detonante de esa pelea que circula de celular en celular: ese territorio virtual donde el escándalo alcanza a las personas como un virus. Pero Yolanda está dispuesta a empezar de nuevo, a escapar del ambiente con su hijo; aunque su amiga la tilde de “criminal” y los otros, de “mala madre”.

La protagonista de La mujer salvaje tiene el mismo nombre del personaje femenino principal de De cierta manera, el clásico de Sara Gómez. Aquella película discutía también la suerte de los sujetos en ambientes de marginalidad. Pero la protagonista de Alán González ocupa el lugar que en el filme de Sara Gómez tenía el personaje masculino. Y, en la película de Alán González, la protagonista no es interpelada por la sociedad nueva, sino por su propia identidad. La proximidad de la cámara al personaje resuelve, precisamente, que el contexto social no ahogue la individualidad de Yolanda, no interrumpa la posibilidad de aprehender esa subjetividad que escapa a toda explicación racional. Acá la Historia se mira a través del sujeto, y no al revés.

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El naturalismo de esos sinuosos travellings que registran los desplazamientos de Yolanda, esos planos que no se apartan nunca de su cuerpo, no son solo una opción estética;son una declaración de principios. Alán González está interesado plenamente en la verdad de su protagonista, en su singularidad, en su conflicto existencial y su desenvolvimiento moral. El criterio visual es tan físico porque el cuerpo de Yolanda es el mapa de sus emociones.

La protagonista de La mujer salvaje, bajo el imperativo de recuperar a su hijo, no teme exponer la miseria de esos otros, para mostrar que no son muy diferentes a ella. Cuando llega a la actividad que el grupo de religiosos al que pertenece Osiris (su amiga) preparó para los niños, no duda en acusar de putas a unas y otras… hasta que consigue información del paradero de su hijo. El desbordamiento de su rabia es una manera de exorcizar el dolor.

Yolanda vive una existencia desajustada. Quizá experimenta culpabilidad, pero ella se siente madre, y esa es la medida de su grandeza. Se acuesta con su marido prófugo y se hace acompañar por el niño cuando va a ver a su amante hospitalizado: lo besa desenfrenada (él la libra de culpa). Hacia los últimos minutos del filme aprehendemos en toda su magnitud ese desajuste, esa desgarradura interior.

Tras salir de la casa de su prima, Yolanda se detiene en algún parque a conversar con el niño. Le dice: “Si tú te quieres quedar, quédate, te lo juro que no voy a hacer nada, quédate…”, y repite una y otra vez: “Quédate”. Doblegada por el dolor, entre lágrimas. No siente rabia ahora, sino dolor. Porque se niega al fracaso.

Alán González consigue instantes memorables. Ya casi al acabar la película, Yolanda pregunta a Yonatan por sus sueños que aparece ella. El rostro de esta mujer es otro: la nueva felicidad explica su condena y su único triunfo. En la espontaneidad y la alegría de ese diálogo que madre e hijo sostienen en el último plano de la película, ya fuera de cámara, mientras cae la noche, se entrevé la posibilidad de un mañana para estos personajes. Todo gracias a la rebeldía de Yolanda.

Se trata de una obra inteligente: un guion escrito con esmero y una fotografía capaz de sostener cada uno de los disparos dramáticos que asaltan al espectador, así como de retratar con intensidad un carácter excepcional. Sobre todo, eso entrega Alán González en La mujer salvaje: un personaje excepcional, rotundo, de una humanidad conmovedora.

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