Yansy Sánchez Fernández: poemas

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    La estrella cimarrona

    Estás en cuaresma en cuarentena, en el resto de tus días, estás en ese dolor de mis testículos que pone fin a mi respiración y que he jurado apretándolos vengarme. Piénsalo y dispútame otra tregua. Proponte salir airoso, cambiar la sentencia que me impone el juramento. Proponte amainar ese dolor y luego dime qué se siente al respirar del lado muerto. Te pronuncio címbalo y salterio en tanto piensas, te pronuncio esas palabras mientras tu rostro amarillea y yo te espero de este lado, en la planicie sinflictiva, donde no quedan sobresaltos ni hay cocuyos, y he quedado a poco en esta porción indivisible. Me he fragmentado tanto y tanto han podrido hasta aquí mis argumentos, que sólo espero verte en la planicie, estrella cimarrona, cómo vas perdiendo tus puntas, palideciendo casi, cómo llegas al fin de tu parábola, silencioso y consternado; espero porque también desvarié frente al Divino. También solía pensar en el honor frente a la cáscara, solía no comer del pan transgresor: es la costumbre, estimado, es la costumbre lo que se impone, mientras la razón transgrede.

    La Matutina

    La mañana es algo fría. Los rayos de sol pasan tímidamente hacia el cuarto a través de los empalmes de las persianas. Puedo ver el largo balcón interior del edificio que hilvana varios apartamentos. Una puerta abierta anuncia que ya la vida ha comenzado en aquel hogar. Permanezco enrollado en algo de sábana. A causa del frío estoy un poco contraído, confundo la contracción de mis músculos. A veces es agradable sentirse así, rígido, vital. La cama amplísima me recuerda que puedo voltearme sin reparos, pero estoy fijo en la idea de algo que me ayude a comenzar.

    Por fin, con el habitual cubo de la lavandería, recargando hacia un lado toda su figura, sale el cuerpo envuelto en las ropas menores del ritual de los sábados. Tengo fe en esa mujer. Ella va colocando las sábanas en un cordel improvisado al precipicio que va estirando hacia la esquina del balcón conforme coloca las piezas. Debe suponer que la observo, me molesta el ritmo con que se desplaza desde ese inicio hacia la punta de la soga donde coloca la pieza. El cubo, cubierto desde el principio, marca el espacio que va restando hasta el final del balcón. Sé que su imagen desaparecerá en pocos minutos tras el tapiado de sábanas. Cada sábana me suprime un poco de placer. Cuando ella desaparezca totalmente, quedaré insatisfecho. Bueno sería que en esa pantalla breve de las persianas el placer lo colme a uno por completo.

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