Larry J. González: poemas

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    Las escamas del lucio

    (Al principio tampoco existía la posibilidad de que los apuntes de viaje llevaran fotos. Entonces conocí a la editora. Estuvo largo rato ojeando mi posible selección de veinte fotos. Llegó la foto del bungalow y preguntó: “¿Qué edad tenía Bob aquí?” Me resultó extraño que no preguntara nada sobre otras fotos. Aparezco en primer plano. “Casi cuarenta”, respondí.)

    Cuando se acaba la película los dos que se besaban salen rápido.
    Yo quise ser el cinto de él.
    Javier Marimón

    I
    Salgo para escuchar a Sasha Fierce.
    El Perro Indio en el agua y los tres hombres debajo del trampolín cuando te grito.
    Voy a sacudir la mano en el sol.
    Las gafas llenas de agua dulce y orine. Suponer que estoy llorando porque el agua y el orine se cuelan por las gafas y corren hasta el labio.
    Tres hombres aguantan la respiración. El del medio gana. Sale al sol. Tararea por encima de Sasha Fierce.
    ―Qué calor –suspiras.
    La sombra del trampolín se ha corrido. El segundo y tercer lugar de la competencia de respiración persisten dentro de la sombra.
    ―Qué calor –vuelves a suspirar.

    II
    Camino por la calle inundada de arena. El aire y la gente traen la arena hasta esta calle. Es curioso cómo el aire y la gente traen la arena hasta esta calle tan lejos del mar. Dos ancianos con las espaldas goteando sobre las trusas conversan animadamente en un banco. El anciano de la trusa negra puedo ser yo. Bate las manos como yo. El anciano me sonríe y vuelve una tristeza que aplasta.

    Camino por la arena inundada de gente feliz que se baña con sus perros.

    III
    Me duelen los oídos de nadar por debajo del agua.
    La luz del sol formaba cuadrados sobre los azulejos.
    Pensé que el bungalow era como había imaginado y pensé en el cartel en forma de flecha que dice swimingpool.
    A esa hora quién diría que iba a estar sordo de cañón por algunas zambullidas.
    Que la luz correría tenue sobre los azulejos.

    IV
    Los tres hombres aguantan la respiración.
    Quise ser el del medio que gana y sale al sol.
    Bajar la escalerilla. Hundirme cincuenta pies mar adentro con una hilera de burbujas que suben.
    ―Hay peces que seguro te interesan allá abajo, sabes.
    Las burbujas se estrellan en la superficie del agua.
    Estoy centrado en una imagen tiesa.

    V
    Las escamas del lucio me han hecho una cortada que apenas se nota.
    Aprieto el hueco por donde pasó el pez.
    Un rasguño para exhibir ostentosamente.
    Hablarte del pez y la cicatriz.

    VI
    Gente nueva alrededor de la piscina dispuesta a bailar.
    Veo por la ventana del baño a todo ese grupo de gente dispuesta.
    Donde yace mi cuerpo cada mañana parquea un carro que se cubre de arena.
    Empieza la música y agita los brazos esa gente nueva y dispuesta.
    Me quedo en la ventana unos diez minutos más o menos.

    VII
    He desayunado solo.
    He vuelto al cuarto para cerrar las cortinas y dormir hasta la tarde y he despertado bastante tarde.
    Me restregaba sobre los azulejos para luego secarme al sol. El vaho a cloro en las encías.
    Te cuento las veces que casi me ahogo.
    Una era un niño. Mis padres se asustaron cantidad. De la segunda no me acuerdo muy bien. La tercera. Dejé a mis amigas rotas en el fondo y me fui sin pensar. Al final llegamos todos a la orilla como si nada.

    VIII
    El principio podría ser este. Estaba en el fondo y apareció un pez. Nadamos un rato y luego el pez se esfumó. En el momento en que nadábamos juntos traté de no asustarlo. De no bracear fuerte para que el pez no se me perdiera de vista.
    ―Sé que puedo hablarte del lucio –me repito.
    Mientras te cuento voy a fijarme en algo puntual.
    Unos bichos con alas alrededor de la bombilla incandescente. Llevas la conversación hacia el descubrimiento del disco Miles Away. Pones el disco. Te adelantas al estribillo. Bailas debajo de la bombilla incandescente.

    IX
    El principio es este. Hay un pez. Tres hombres sumergidos y algo que parece una escama flota.
    Hasta que se vence por el vaivén de gente nueva en el agua.

    El erizo

    (primer viaje)

    El primer mataperros como si estuviera esperándome feliz en la guardarraya.
    —No despunta el sol aún –exclama Sordo y Ciego Fraterno. Apenas rompe el día y ya estoy frente a uno de los cinco mataperros. En esos dos viajes tanto el primer mataperros como el segundo drenan la desfloración con saludos dulces:
    —¡Dios mío! ¿Este es el Escribano? –el primero.
    —¿A que tú no te acuerdas de mí? –el segundo.
    Hablamos corto.

    (En la desfloración yo estuve bastante campante. No pataleaba. Calculé una hora, no más. Ocurre la desfloración al aire libre: fondo seco de un vertedero, de cara al túnel que da pie a otra cuneta seca. Al principio eran cuatro mataperros. Tres rabos llevaban la voz cantante y un rabo se mostró remoto, frío en la contemplación del suceso. Yo no era el único desflorado. Bola de años y me encontré al otro desflorado, la voz le cambió de chillona a gutural y exhibía una prominente nuez en el pescuezo que me hacía recordar los rabos debajo del vertedero. Lo veo frotar su cáscara de nuez y trago extremidades en el vertedero: venas.

    Adentrarnos en la boca del túnel. Los mataperros no se mueven a sus anchas. Las nucas de los mataperros rozan la parte superior del túnel. Yo quiero vivir el túnel como el lugar perfecto para mi desfloración. Así no alzo en los ratos libres la cabeza y no veo al quinto rabo tibio y pariente vigilando el camino: manganzón el pariente encima del vertedero, la barba rala del pariente, un pie en el concreto y otro en la hierba, invitándome a engullir con la mano lo que ofrecían violador uno, dos y tres. Ese gesto sobre el ombligo que antes significaba chapear bajito.)

    Después de hundir los pies en la aldea y mirar de arriba a abajo al hermano enfermo de Sordo y Ciego Fraterno, me detengo sobre el vertedero. Hoy sería absurda mi desfloración allí. Poco falta para que la tierra roce en la altura del camino. Nada se puede esconder en el vertedero: si acuestas a un niño o a un perro, de lejos le verías la cabeza al niño, las orejas al perro. Estoy sobre el vertedero porque voy a hacer fotos en lo que queda de nuestra casa frente a los raíles. Me hace camino. Hago fotos en la casa de al lado que reproduce nuestra casa –madera a madera– porque de nuestra casa no queda madera alguna. Ahora donde era nuestra casa hay una casa nueva, paredes de concreto. Nuestra casa era el hogar de El Coro y de Sordo y Ciego Fraterno. Después de vivir en nuestra casa he vivido en albergues. Sólo volví a llamar casa al cuchitril intermedio entre el sudor de nuestra casa que ya no existe y el resto de los albergues. Cuando se permutó nuestra casa para la ciudad ya yo vivía en el cuchitril. Sordo y Ciego Fraterno junto a la mayor parte de El Coro se asentaron en la ciudad. Y yo, junto a un solo integrante de El Coro, quedé en el cuchitril, a kilómetros de la aldea. Llegué a la ciudad muchos años después. En la aldea envejeció la casa del hermano de Sordo y Ciego Fraterno: porcelanas.

    Hablemos del cuchitril. Un atajo hacia la estación de trenes. El momento donde el tren bate el piso y la hamaca. Va disminuyendo la amable algazara en los raíles, tembleque en los leños que sufren los nudos de la hamaca. Mi pasión por los trenes.

    Hice buenas fotos de Sordo y Ciego Fraterno con el hermano que moriría pronto. El objetivo de este viaje era el manoseo entre los hermanos y que la familia de la aldea hablara alrededor de los dos viejos.

    Con especial interés guardo una foto del aparato que abría huecos en los boletines del tren.

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